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sábado, 4 de febrero de 2017

Los elegidos 3 continuación...

© Fotografía de Nuria de Espinosa, derechos protegidos.

Vektam se dirigió hacia el tabernáculo donde permanecían los Maestros sin demorarse, ignorando a la muchacha. Minna se fijó que portaba un objeto afilado que sobresalía de la alforja y comenzó a preocuparse. Tras andar un trecho, vio a unos matones estaban abusando de un pobre comerciante. Decidió acercarse al emporio que estaba repleto de todo tipo de productos.

    —Disculpe, señor, ¿a cuánto están las manzanas?—preguntó Vektam ignorando a los asaltantes.

    — ¡Lárgate alimaña! ¡Estás molestando!—gritó uno de los maleantes.

    —Solo quiero una manzana, cuando le haya pagado a este buen señor seguiré mi camino—respondió Vektam impasible.

    —¡¡Maldito enano!!¿Osas enfrentarte a nosotros?—señaló el hombre más corpulento.

    —Ya es la segunda vez que me insultáis, otra más y lo lamentareis—contestó el joven dejando.

El maleante se acercó a Vektam y puso su hedionda cara delante de la del chico.

    —Hijo de perra—gritó.

Vektam se agacho y sacó de los bártulos la espada que había forjado para Duncan, los malhechores se pusieron en guardia, pero nada podían hacer contra la recién despertada ira del joven. Un fulgor comenzó a emanar del cuerpo del chico y volteó la espada por encima de su cabeza. La afilada hoja se incrustó en el hombro del hombre más corpulento y este profirió un agudo grito de dolor. Rápidamente Vektam de un golpe le seccionó la cabeza. La cogió del suelo y se la mostró a los demás maleantes que aún no se podían creer lo que veían, un jovenzuelo había decapitado al hombre más fuerte de su banda en un abrir y cerrar de ojos. Nada podían hacer ellos para enfrentarse a él, salvo huir y ocultarse para que el despiadado joven no los encontrara y les diese el mismo final que a su incauto amigo. Los malhechores se dispersaron aterrados y Vektam lanzó la cabeza del pobre desgraciado a un montón de estiércol que estaba situado a unos metros de él. Al cabo de un buen rato llegó al lugar donde se encontraría con el Magno-Maestro para que pudiera resolver las dudas sobre los desconcertantes sueños que lo habían desvelado en más de una ocasión. De pronto, antes de entrar por el portalón Minna le cerró el paso.

    — ¡No puedo permitir que entres aquí! ¡He visto lo que le has hecho a esos hombres, y jamás había visto tanta crueldad en mi vida!—le espetó la chica mientras blandía su lanza.


    —Esos seres a los que llamas hombres estaban abusando de ese comerciante, yo solo quería comprar una manzana para el almuerzo y ellos buscaban problemas.

    — ¿Y eso te da derecho a matar a un ser humano? ¿No tienes escrúpulos o qué?

    —Me insultaron, no podía permitir que me atacaran solo porque ellos no respeten al prójimo—le contestó Vektam.


Cuando Minna estaba a punto de atacar, un grito que venía desde dentro del tabernáculo les llamó la atención. Los dos jóvenes entraron en el recinto y en medio de la gran algarabía que se había formado.

© Sergí Sarda

Continuará...

domingo, 29 de enero de 2017

Los elegidos... continuación

    —Hijo, tienes que aprender que no todo el mundo es como nosotros y que siempre habrá gente así, cuanto mejor los trates mejor vivirás y la paz estará siempre en tu corazón.
    — ¡Me parecen las palabras de un cobarde! Pensaba que algún día me enseñarías algo más que fabricar cazuelas y espadas para energúmenos como Duncan.

    —¡¡No tolero esta insolencia jovenzuelo!! No tienes ni idea de cómo soy, ni de cómo te hemos cuidado todos estos años. Siempre preocupados cuando eras un niño y estabas a punto de morir por culpa de esas fiebres incurables.

    — ¡No tuve la culpa de enfermarme! ¡Lo mejor hubiera sido no haber nacido y así una molestia menos para Skartan, el vasallo herrero!

     —¡¡Fuera de mi casa!!¡¡No toleraré más impertinencias!!

    —¡Claro que me voy viejo, a ver si así ya me dejáis en paz y puedo vivir mi vida sin rendir cuentas a nadie, ni rico ni pobre!

Vektam cogió un saco con sus pertenencias y salió de la casa, despotricando y refunfuñando, sin darse cuenta que una sombra le seguía en la distancia. De repente se paró para beber un trago de agua, de soslayo al coger la cantimplora alcanzó a ver que alguien lo estaba acechando. Entonces  se apresuró a llegar al cruce del camino y se ocultó con rapidez. El extraño lo siguió y al llegar cerca de él lo aferró del cuello.

    — ¡¿Qué haces siguiéndome?!—preguntó Vektam.

    — ¡Ay! ¡Suéltame, me haces daño!—contestó el desconocido.

    — ¿Quién eres y que quieres de mí?

    —Me llamo Minna, soy tu vecina desde hace años, y oí la discusión que tuviste con tu padre—respondió mientras se quitaba la capa que le cubría el rostro.

    —No es de tu incumbencia chiquilla.

    —Mira, soy mucho más habilidosa que tú en las armas, y puedo enfrentarme a cualquier enemigo con los ojos cerrados. No todos nos curamos milagrosamente como tú, pero disponemos de otras habilidades especiales con las que defendernos en este mundo tan cruel e injusto.

    —No tengo tiempo para tonterías, debo apresurarme a ver al Magno-Maestro—dijo Vektam mientras apartaba a la joven de un empujón.

    — ¿Para qué quieres ver al anciano? ¿Te crees las viejas historias de la magia arcana?

    —No sé si son verdaderas, he soñado muchas veces con la “Magna Artis” y debe haber una explicación lógica para todo esto.

    — ¿No sabes que hay que pedir audiencia para poder hablar con el anciano? No te recibirá así como así—añadió Minna.


     —Pues pediré audiencia para esta tarde, tengo paciencia—respondió Vektam con voz queda.

© Segí Sarda

Continuará...

jueves, 19 de enero de 2017

Los elegidos

Al principio todo era oscuridad, y de la oscuridad surgió la magia oscura, un arte ancestral practicado a través de las eras por hechiceros malignos que provocaban guerras y miserias.
Tras muchas penurias, unos guerreros legendarios, lograron crear una magia más poderosa que la de los hechiceros, llamada “Magna Artis”, cuyo efecto provocaba que el hechizado fuera invulnerable a cualquier conjuro y le otorgaba una fuerza y un poder inimaginables.

Los guerreros lograron entrar en la fortaleza de los hechiceros y allí libraron una gran batalla. Eran inferiores en número y los hechiceros usaban sus poderes más oscuros, pero los guerreros consiguieron encerrarlos con el hechizo supremo de confinamiento arcano. Este conjuro debía ser lanzado usando una gran cantidad de energía vital y era necesaria la participación de todos los guerreros para llevarlo a cabo, por lo que los guerreros casi exhaustos no dudaron en inmolarse junto a los hechiceros para salvar el mundo de una destrucción inminente.

Siglos más tarde, en una apacible villa de un país llamado Ástarth nació un niño al que llamaron Vektam, desde muy pequeño no dejaba de enfermarse y siempre, cuando se encontraba a las puertas de la muerte lograba curarse milagrosamente. Sus padres rezaban a los dioses cada noche para que su hijo creciera sano y que los males se alejasen de él. Vektam. A pesar de sus enfermedades, se hizo un joven sano y robusto, que ayudaba a su padre en la herrería. Su padre estaba muy orgulloso de él, pues el chico podía fabricar muchos utensilios con facilidad gracias a que era muy hábil.

Una mañana soleada padre e hijo recibieron una extraña visita, el hombre más rico de la villa y su hijo llegaron por la puerta.

    —Buenos días Skartan, he traído a mi hijo porque me gustaría regalarle una espada por su dieciocho cumpleaños.

    —Muy bien Duncan, ¿y cómo te gustaría adornarla?- preguntó Skartan.

    —Me gustaría que la espada que me fabrique esté a la altura del que la empuña, así que a mi parecer debe ser una espada elegante y a la vez mortífera— objetó el joven en tono altivo.

    — ¡Hijo mío, no seas tan impertinente! No puedes hablar así a la gente solo porque sea de un barrio humilde y no vista como nosotros ni tenga mucho dinero.

    —Tranquilo señor Angus, no pasa nada. Tendrá la espada lista para mañana.

   —Muchas gracias Skartan, sé que puedo contar contigo—respondió el orondo noble.

Cuando los dos individuos abandonaron la herrería Skartan y su hijo se pusieron manos a la obra con la forja de la espada.

Al día siguiente, Vektam se despertó dolorido, no había sentido ese dolor desde hacía unos años, cuando ya dejó de ser un niño. Bajó a comer junto a su padre y su madre, esta había preparado unas tortitas de maíz y miel.


    —Padre, ¿por qué tenemos que aguantar a esos impresentables si solo hacen que comportarse como unos tiranos con los demás? Tienen a todo el pueblo bajo su yugo, solo porque tienen más dinero y tierras.
Continuará...
© Sergio Sardá

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El silencio

En un momento de silencio
Miré consternada las horas
Que impacientes avanzaban
En el reloj.

Porqué nadie pensaba en el tiempo
Y su fuerza implacable he irremediable?

Dudaba si alguien se haría esa pregunta. Tal vez yo no era normal
Pues tenia la sensación de haberme anclado en el tiempo.

Parecía una broma de mal gusto.
Pero su fuerza atrayente se mostraba extraña
y a la vez silenciosa.

Serían los surcos que las profundas arrugas marcaban en mi rostro?
O sólo añoranza a la vitalidad perdida? Que se yo...

Quizás alguien responda durante las noches en las que mi imaginación sobrepasa la dura realidad.

martes, 6 de diciembre de 2016

Ellos nos necesitán

con mi querida madre que se recupera poco a poco durante la celebración del día de las personas mayores


residencia primero de mayo.
Recordemos que estamos aquí gracias a que ellos nos cuidaron siendo bebes.
Ahora necesitan del cariño que ellos en su día nos dieron.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Transformación


La fresca brisa de la mañana, acariciaba mi rostro. Quería moverme, tenía que moverme, pero algo me aferraba con fuerza a mi cama. Resignada suspiré. Miraba atenta a través del cristal de mi ventana, pensando como el sol parecía acercarse cada vez más. Suspiré de nuevo; de pronto un resplandor pareció inundar la habitación y a continuación la oscuridad se adueñó de mi percepción y la fiebre consiguió atraparme de nuevo en sus brazos, consiguiendo que me olvidara de toda la tristeza que me rodeaba.



miércoles, 30 de noviembre de 2016

El suspiro




Suspiró en silencio sobre la almohada mojada por tantos momentos llenos de llanto. Él día le anunciaba que debió dejarlo muchos años antes. Tenía la convicción de que, no se movería y todo seguirá igual. Como aquella persona que pregunta conociendo la respuesta pero no quiere escucharla sabiendo que siempre fue una certeza palpable.

— ¿Me amaste alguna vez, Daniel?

—No molestes o te… —respondió él, con voz adormilado.

Y entonces supo que el infierno cabía en un simple suspiro.