Cada mañana despertaba con la sensación de haber dormido dentro de una jaula.
No había barrotes. Nadie cerraba la puerta. Sin embargo, cuando intentaba levantarse, algo invisible la retenía.
Sentía una corona de espinas incrustada en su cabeza. No era de hierro ni de madera, sino de pensamientos. Cada espina llevaba un nombre, una ausencia, una enfermedad, una palabra que nunca llegó a decir, una despedida que dolía, sí, dolía a causa del silencio.
A veces caminaba por la casa y escuchaba sus voces. Otras, se detenía frente al espejo y apenas reconocía a aquella mujer que la miraba desde el otro lado.
Su cuerpo también parecía haberse convertido en territorio enemigo. Un día dolía una parte; al siguiente, otra. La mente no concedía tregua. Y la tristeza, paciente y silenciosa, se sentaba junto a ella a desayunar.
Era prisionera de todo aquello que no podía cambiar.
Pero aquella mañana ocurrió algo distinto.
Abrió la ventana.
El aire entró despacio, moviendo las cortinas como si alguien invisible quisiera acariciarla. Cerró los ojos y respiró.
Por primera vez no intentó expulsar el dolor.
Lo dejó estar; quizá no podía arrancarse aquella corona de espinas, pero sí podía aprender a llevarla sin agachar siempre la cabeza.
Miró al cielo.
Los que había perdido seguirían viviendo en algún rincón de su memoria. Las cicatrices continuarían formando parte de ella. Su cuerpo seguiría teniendo días difíciles.
Pero todavía estaba allí, mientras quedara un poco de aire en sus pulmones y una ventana por abrir, para escapar de su propia vida sin pensar.
Entonces ocurrió algo.
Una ráfaga de viento entró por la ventana y levantó su cabello. Por un instante, sintió que las espinas de aquella corona se desprendían una a una. No cayeron al suelo.
Se transformaron en flores.
Y allí, frente al espejo, supo que no había vencido al dolor. Había aprendido a florecer con él.
Y sonrió; por primera vez en mucho tiempo, aquella mujer no vio una corona de espinas sobre su cabeza.
No persigo las horas ni intento convencer al mañana de que me espere. El mundo continúa girando detrás de la ventana, pero yo permanezco quieta, con la cabeza apoyada sobre mis brazos, escuchando ese silencio que casi nunca me permito.
Respiro.
Y en ese simple gesto descubro algo que estaba escondido dentro de mí: un espacio diminuto donde nada me exige nada.
La luz entra despacio. Se posa sobre mi piel, sobre mis manos, sobre el cansancio que llevo acumulado como si también él necesitara descansar.
No hago nada.
Y, por primera vez, no hacer nada no significa perder el tiempo.
Significa encontrarlo.
La vida permanece aquí, latente, como una habitación interior cuya puerta siempre está abierta. Es el margen entre un pensamiento y otro. El pequeño respiro que queda cuando dejo de llenar cada instante con ruido.
Letreros, dejaos llevar por una melodía para que vuestra inspiración comience a bailar. Un reto de escritura creativa al son de la música. Escribir un relato inspirado en esta música.
La extensión MÁXIMA es de 150 palabras.
#Evocanotas
La melodía comenzó como comienzan los recuerdos: sin pedir permiso.
Al principio parecía hablar de esperanza, de esas promesas que uno hace cuando todavía cree que el futuro tiene algún interés en cumplirlas. Después llegaron las notas más oscuras, y con ellas la certeza de que algunas cosas solo existen para enseñarnos a perderlas.
Afuera llovía.
Qué oportuno.
El cielo, incapaz de soportar la sutileza, había decidido acompañar la tristeza con su propio drama.
Pero la melodía no terminaba en tristeza. Continuaba.
Eso era lo cruel.
Después de todo lo perdido, después de las despedidas, de las palabras que llegaron demasiado tarde y de los recuerdos que ya no podían cambiarse, todavía quedaba una última nota.
Una pequeña insistencia.
Como si la vida dijera:
«No importa cuánto hayas perdido. Mañana tendrás que levantarte igualmente».
Y, sinceramente, qué manera tan poco elegante de llamar a eso esperanza.
El lago parece haber olvidado que existe el viento.
Apenas unas ondas tiemblan sobre el agua, como si alguien, desde el fondo, respirara despacio para no despertar la tarde.
Dos mujeres avanzan en una pequeña barca. No hablaban. Tampoco parece necesario.
A su alrededor, las ramas de los árboles se inclinaban sobre el agua, proyectando sombras que se mueven con lentitud.
—Qué día tan hermoso, —menciona la de cara de tristeza.
—Sí. Demasiado hermoso, —responde con extrañeza.
—¿Puede un día ser demasiado hermoso?
Ella bajó los ojos.
—Cuando sabes que no volverá.
La barca siguió avanzando.
—Siempre fuiste muy misteriosa.
—No. Solo aprendí tarde que algunas cosas se dicen mejor cuando ya no pueden contestarte.
El sol comenzó a descender, y durante unos minutos ninguna habla. Permanecen, flotando sobre el lago, mientras la tarde enciende de oro los árboles, y el agua.
Desde lejos, cualquiera habría pensado que eran dos mujeres disfrutando de un hermoso día de verano. Y quizá lo eran.
Porque hay despedidas que no necesitan lágrimas. A veces basta con una barca, y un último día hermoso para decirle adiós a toda una vida.
Miércoles sin palabras y Palabras para el miércoles
ENCUENTRO JUEVERO 1 DE OCTUBRE: TÍTULOS EXTRAVAGANTES
La consigna es bastante simple y consiste en elegir uno de los EXTRAVAGANTES títulos que (o proponer uno propio) y desarrollar en alrededor de 350 palabras una historia de estilo y forma libre lo más loca, original, creativa, fantasiosa y peculiar que se les ocurra.
Tras varias semanas de gran intensidad y con una nueva semana que se presenta cargada de visitas médicas, he llegado a una conclusión que quizá necesitaba escuchar desde hace tiempo: también hay que saber parar.
Cuando el estrés se acumula, la mente y el cuerpo necesitan espacio para respirar. No siempre podemos seguir adelante al mismo ritmo, atendiendo a todo y a todos. A veces, desconectar no es abandonar, ni rendirse, ni dejar nada atrás; es simplemente concedernos el descanso que necesitamos para recuperar fuerzas.
Por eso, he decidido tomarme al menos una semana de descanso. Alejarme un poco de las obligaciones, del ruido y de las prisas. Dejar que la mente se aquiete, respirar despacio y permitirme, sin culpa, no hacer nada.
Porque parar a tiempo también es una manera de cuidarse.
Nos leemos a la vuelta, con más calma, más energía y, espero, con la mente renovada.
«Escribamos sobre uno de esos laberintos de nuestra mente, o sobre cualquier situación tan surrealista como cómica, e incluso dramática. Para ello, y como inspiración si lo deseáis, podéis escoger cualquier pintura de Konstantin Kachev, “un pintor macedonio nacido en Taskent.»
Llegamos al pueblo justo cuando el reloj de la plaza marcaba las doce. Éramos tres amigos, una furgoneta que hacía más ruido que un tractor y una dirección anotada en una servilleta.
—¿Seguro que es aquí? —preguntó Mateo.
—Segurísimo —respondí, aunque la verdad es que no reconocía ni la plaza ni el pueblo.
Entramos en el único bar abierto. Un anciano nos observó desde la barra con una sonrisa sospechosa.
—Buscamos la casa de don Anselmo —dije.
El hombre dejó lentamente el vaso.
—¿Para qué?
—Nos gustaría hablar con él sobre una herencia.
El anciano palideció.
—Entonces sois vosotros…
Nos miramos.
—¿Nos conoce?
—Claro que sí. Os estaba esperando.
Silencio.
Mateo tragó saliva.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace treinta años.
Aquello no tenía ningún sentido. Don Anselmo había muerto hacía una semana.
El anciano señaló la puerta.
—La casa está al final de la calle. Pero os advierto una cosa: nadie que ha entrado allí ha vuelto a salir.
Mateo se levantó inmediatamente.
—Perfecto. Pues yo ya he visto bastante patrimonio.
Salimos corriendo.
Al llegar a la furgoneta, encontramos un sobre en el parabrisas.
Dentro solo había una frase:
«Llegáis tarde. Y yo… ya os puedo reconocer».
Al otro lado de la calle un banco vacío parecía sonreír.
Gris primero me mira como si quisiera decirme algo. Pero poco después su mirada es de aviso: "no me apetece jugar"
Viernes felino de rellenos amistosos, viernes de naturaleza y fotos de mascotas fallidas
Alfonso es un cielo de niño y Danna un encanto. Día de disfrutar con los patos silvestres y después con una suculenta paella.