Espero, que tengáis un buen domingo compañeros escritores y lectores. Lo primero, es agradecer a todos su interés en mi propuesta para la Convocatoria Juevera de esta semana, ya fuese participando o leyendo a los participantes.
Ha sido una delicia leerles y dirigirles. La vida es intensa y con intensidad hay que vivirla.
Les invito a participar en la nueva propuesta, dando por finalizada esta y pasando el testigo a nuestra compañera y amiga 👉👉👉 MÓNICA
Viernes Felino. Rellenos Amistosos, Viernes de Naturaleza. Más información en Messy Mimi
Calabaza natural. Creo que no ha quedado muy mal. He puesto una vela en el interior.
Gris hoy no estaba para trotes; ha recibido la visita de mi hija y nieta, después del Halloween en el colegio, donde la niña a disfrutado a lo grande, pero Gris no ha parecía muy contenta y no dejaba subir las escaleras en plan posesivo 🤦😂
Tor y Toby se lo han pasado a lo grande
En Halloween, a las tres de la madrugada, las sombras comenzaron a cambiar. Primero dejaron de imitar a sus dueños. Después alargaron brazos y dedos, retorciéndose como arañas. Finalmente, se separaron de los cuerpos y caminaron solas por las calles. Entraban en las casas, rodeaban a las personas y se pegaban a sus pies. Cada vez que una sombra tocaba a alguien, su cuerpo quedaba inmóvil mientras su propia sombra crecía, adquiría ojos y comenzaba a sonreír. Al amanecer, las ciudades parecían normales. Pero nadie tenía ya una sombra humana.
La tarde derrama su luz de nácar sobre los tejados de Kioto. Sentada junto al shōji, la delicada celosía de papel, Aiko contempla cómo las glicinas mecen sus racimos violetas al capricho del viento. Lleva un kimono azul y beige y el cabello recogido.
Hace tres primaveras que Takeshi partió hacia el norte prometiendo regresar cuando los cerezos florecieran por cuarta vez. Desde entonces, cada primavera ha sido una herida cubierta de pétalos.
Aiko no llora. En su mundo, las lágrimas son pequeños ríos que deben encontrar su cauce en la intimidad. Por eso, al caer la noche, abre una caja de madera para acariciar las cartas que él le escribió. El papel conserva un perfume tenue, acaso de tinta, acaso de recuerdos.
Miró con añoranza la hoja de flor de cerezo que dormía entre sus pliegues descolorida por el paso del tiempo. Releyó sus palabras escritas en el papel: «Si alguna vez el viento pronuncia mi nombre, siente la intensidad de mis caricias y no habrá ausencia».
Cerró los ojos.
Afuera, una campanilla anuncia la llegada del crepúsculo; un leve recuerdo asoma en su mente. "Una joven cruza el puente con un paraguas rojo", y por un instante recuerda el momento en que le conoció, años atrás, cuando creía que el amor podía detener el tiempo. No solo añoraba a Takeshi, también a la mujer que fue: la que esperaba sin miedo, la que confundía la promesa con la eternidad.
Se soltó el pelo y dejó que el cabello le rozara los hombros. Luego escribió una carta sin destinatario y la depositó a sus pies. Algunas mujeres no esperan un regreso: solo aprenden a despedirse poco a poco, como el otoño de una rama, sin hacer ruido, mientras el corazón sigue floreciendo en silencio.
«Dentro de mí aún habita la mujer que fui. A veces regresa al caer la tarde, se sienta junto a mis nostalgias y me pregunta si aprendí a ser feliz. Le sonrío y le digo que sí, aunque hay ausencias que todavía duelen y días en los que mi alma añora aquella luz de la vida que el tiempo se llevó sin despedirse.»
"El maestro que supo fusionar la nostalgia del Japón tradicional con el latido de la mujer moderna."
¡Hola a todos! Esta semana recojo el testigo de manos de Patricia y Rossana , a quien desde aquí les doy la enhorabuena por la Convocatoria Juevera que han dirigido, la cual me toca ser su anfitriona está semana, por ello quiero invitarlos a sumergirse en una atmósfera íntima y profunda.
• La nostalgia y los recuerdos.
• El latido de una mujer.
• El sonido del tiempo: ese tic, tac, constante y sigiloso que avanza sin detenerse.
Estás frases son para que nos ayuden en la inspiración para escribir esta semana, pueden usarlas o no, ustedes deciden:
«La nostalgia es ese perfume invisible que dejan los años en el alma; nadie lo percibe, pero lo reconoce en cada recuerdo».
«El tiempo te enseña a soltar las manos, pero no consigue que tu corazón aprenda a despedirse».
«A veces, la melancolía acaricia el alma con manos suaves y recuerda que vivir también consiste en aprender a echar de menos».
«La nostalgia es una carta que el pasado le escribe al corazón cuando el presente se queda demasiado callado».
«El tiempo pasa como la brisa entre los bambúes; solo el corazón sabe qué hojas cayeron y cuáles siguen temblando en su interior».
Dejen que el ritmo de la nostalgia y el tic, tac, del reloj guíe sus letras y nos muestre qué se esconde en esa espera o en ese recuerdo.
⚠️ Normas del reto:
Extensión máxima: 350 palabras (para asegurarnos de que todos podamos leernos e interactuar).
Contenido +18: Recuerden que, según las normas del grupo, los aportes para adultos deben anunciarse claramente.
¿Quién se apunta esta semana? 🖋️
Dejad vuestro enlace en comentarios. En breve pondré la lista de participantes.
Está imagen ha sido creada por nuestra compañera Rebeca siéntanse libres de utilizarla.
Nadie sabía de dónde venía aquel hombre. Aparecía los jueves, siempre a la misma hora, con el brazo lleno de corbatas de todos los colores. Las ofrecía en las esquinas, a la salida de los cafés y frente a las oficinas, donde los caballeros, solían detenerse a regatear.
—Una corbata, señor, puede cambiarle la vida —proclamaba.
Algunos se reían, creyendo que era una de tantas ocurrencias de aquel vendedor.
Pero yo sabía que mentía a medias. Mi abuelo había comprado una corbata azul marino que, según contaba, le había salvado de acabar en la cárcel. Otro vecino aseguraba que, bajo el nudo de una corbata granate, había encontrado una carta de amor escrita por una mujer que jamás llegó a conocer. Y la señora del tercero juraba que su difunto marido guardaba, en el forro de una corbata amarilla, la llave de una caja fuerte desaparecida durante la guerra.
Una tarde, cuando la lluvia desdibujaba los escaparates, me acerqué. Sobre su brazo izquierdo quedaba una corbata, de un verde casi negro.
—¿Qué historia esconde esta? —pregunté.
El vendedor me miró con ojos brillosos, como si estuviera esperando aquella pregunta.
—La mía, muchacha.
Me contó que había sido un hombre respetable, marido de una mujer hermosa y padre de una niña que desapareció sin dejar rastro. Durante años recorrió ciudades buscando a ambas, hasta que resignado supo que el mundo estaba lleno de puertas que se abrían por el lado de los recuerdos.
Y sin más palabras se alejó, pero lo más extraño es que el viento arrastró la corbata a mis pies. Poco después, al deshacer el nudo, encontré una fotografía diminuta: una niña de ojos claros, idénticos a los míos.
En este instante en que la melodía suena sigo aquí. Con un arco detenido en el aire y un violín descansando contra mi pierna, como si ambos supieran algo que yo todavía estoy aprendiendo.
No toco.
Espero.
Hay momentos en los que hasta la música necesita silencio antes de existir.
El mundo permanece alrededor de mí,
difuso, incompleto, lleno de colores que no terminan de decidirse. Y, sin embargo, no necesito comprenderlo.
Por una vez, no busco respuestas.
Dejo que la luz resbale sobre mis brazos, que el aire roce mi piel,
que mi respiración encuentre su propio compás.
Siento el presente.
No como una obligación de estar aquí,
sino como un lugar al que por fin llego sin haberlo perseguido.
El arco permanece suspendido.
Quizá la próxima nota sea triste. Quizá alegre. Quizá nunca llegue. Y no importa.
Porque ahora comprendo que también existe música en aquello que permanece callado.
Hay una parte de mí que deja de correr,
que abandona por un instante todos los relojes, todos los después, todos los «cuándo».
Y se queda; aquí.
En este cuerpo. En esta respiración.
En esta pausa.
El violín espera en mis manos
como espera la vida cuando dejamos de exigirle que nos diga hacia dónde va.
No sé qué nota viene después, pero ahora, no necesito saberlo para sentir que la melodía ya ha comenzado.
Está es la frase seleccionada de la propuesta de la compañera 👉Tracy
—Ha sido una visita forzada —murmuré ante su tumba, mientras depositaba un ramo de flores de plástico, por aquello de que el presupuesto tampoco da para milagros, pero sabiendo que no merecía flores frescas.
Han pasado unos años desde tu muerte y, por fin, puedo hablarte sin que me interrumpas para corregirme, criticar mi ropa o recordarme que tu madre hace mejor las croquetas.
—Debo confesarte algo —dije sin percibir que hablaba en voz alta—, desde que te fuiste, la casa está más silenciosa. Nadie ronca, nadie protesta por la sal y nadie me pregunta por qué gasto en tonterías, como por ejemplo, unos guantes para calentar mis manos. ¡No es una tragedia, como comprenderás!
Suspiré con teatralidad y sonreí para mis adentros por la ironía. Siempre se me ha dado bien el teatro; lástima que él jamás apreció mis interpretaciones.
—También he cambiado las cortinas. Las horribles, aquellas que elegiste tú. Y he regalado tu sillón a un vecino. Dice que es comodísimo. Claro que él no tuvo que compartirlo contigo durante cuarenta años.
Una ráfaga de viento movió mi cabello. Interpreté aquel gesto como una protesta.
—Bueno, debo irme —suspiré. He quedado para cenar.
Me alejé despacio, sin mirar atrás. Al fin y al cabo, llevaba años esperando permiso para vivir porque a veces la intimidad se vuelve siniestra.
Feliz Martes. Publica una foto graciosa. Publica una foto no tan graciosa.
En Comedy Plus y Messy Mimi 👇
Adaptado el reto del lunes al del martes.
Hay algo azul en vuestra mirada, quizás solo es un reflejo del sol que invade mi alma. No estoy segura. Últimamente mi memoria tiene la desagradable costumbre de jugar al escondite conmigo y, lo que es peor, es que siempre hace trampas. Pero ahí, estáis vosotros el amor más puro que puedo recibir.
Cada mañana despertaba con la sensación de haber dormido dentro de una jaula.
No había barrotes. Nadie cerraba la puerta. Sin embargo, cuando intentaba levantarse, algo invisible la retenía.
Sentía una corona de espinas incrustada en su cabeza. No era de hierro ni de madera, sino de pensamientos. Cada espina llevaba un nombre, una ausencia, una enfermedad, una palabra que nunca llegó a decir, una despedida que dolía, sí, dolía a causa del silencio.
A veces caminaba por la casa y escuchaba sus voces. Otras, se detenía frente al espejo y apenas reconocía a aquella mujer que la miraba desde el otro lado.
Su cuerpo también parecía haberse convertido en territorio enemigo. Un día dolía una parte; al siguiente, otra. La mente no concedía tregua. Y la tristeza, paciente y silenciosa, se sentaba junto a ella a desayunar.
Era prisionera de todo aquello que no podía cambiar.
Pero aquella mañana ocurrió algo distinto.
Abrió la ventana.
El aire entró despacio, moviendo las cortinas como si alguien invisible quisiera acariciarla. Cerró los ojos y respiró.
Por primera vez no intentó expulsar el dolor.
Lo dejó estar; quizá no podía arrancarse aquella corona de espinas, pero sí podía aprender a llevarla sin agachar siempre la cabeza.
Miró al cielo.
Los que había perdido seguirían viviendo en algún rincón de su memoria. Las cicatrices continuarían formando parte de ella. Su cuerpo seguiría teniendo días difíciles.
Pero todavía estaba allí, mientras quedara un poco de aire en sus pulmones y una ventana por abrir, para escapar de su propia vida sin pensar.
Entonces ocurrió algo.
Una ráfaga de viento entró por la ventana y levantó su cabello. Por un instante, sintió que las espinas de aquella corona se desprendían una a una. No cayeron al suelo.
Se transformaron en flores.
Y allí, frente al espejo, supo que no había vencido al dolor. Había aprendido a florecer con él.
Y sonrió; por primera vez en mucho tiempo, aquella mujer no vio una corona de espinas sobre su cabeza.
No persigo las horas ni intento convencer al mañana de que me espere. El mundo continúa girando detrás de la ventana, pero yo permanezco quieta, con la cabeza apoyada sobre mis brazos, escuchando ese silencio que casi nunca me permito.
Respiro.
Y en ese simple gesto descubro algo que estaba escondido dentro de mí: un espacio diminuto donde nada me exige nada.
La luz entra despacio. Se posa sobre mi piel, sobre mis manos, sobre el cansancio que llevo acumulado como si también él necesitara descansar.
No hago nada.
Y, por primera vez, no hacer nada no significa perder el tiempo.
Significa encontrarlo.
La vida permanece aquí, latente, como una habitación interior cuya puerta siempre está abierta. Es el margen entre un pensamiento y otro. El pequeño respiro que queda cuando dejo de llenar cada instante con ruido.
Letreros, dejaos llevar por una melodía para que vuestra inspiración comience a bailar. Un reto de escritura creativa al son de la música. Escribir un relato inspirado en esta música.
La extensión MÁXIMA es de 150 palabras.
#Evocanotas
La melodía comenzó como comienzan los recuerdos: sin pedir permiso.
Al principio parecía hablar de esperanza, de esas promesas que uno hace cuando todavía cree que el futuro tiene algún interés en cumplirlas. Después llegaron las notas más oscuras, y con ellas la certeza de que algunas cosas solo existen para enseñarnos a perderlas.
Afuera llovía.
Qué oportuno.
El cielo, incapaz de soportar la sutileza, había decidido acompañar la tristeza con su propio drama.
Pero la melodía no terminaba en tristeza. Continuaba.
Eso era lo cruel.
Después de todo lo perdido, después de las despedidas, de las palabras que llegaron demasiado tarde y de los recuerdos que ya no podían cambiarse, todavía quedaba una última nota.
Una pequeña insistencia.
Como si la vida dijera:
«No importa cuánto hayas perdido. Mañana tendrás que levantarte igualmente».
Y, sinceramente, qué manera tan poco elegante de llamar a eso esperanza.