En este instante en que la melodía suena sigo aquí. Con un arco detenido en el aire y un violín descansando contra mi pierna, como si ambos supieran algo que yo todavía estoy aprendiendo.
No toco.
Espero.
Hay momentos en los que hasta la música necesita silencio antes de existir.
El mundo permanece alrededor de mí,
difuso, incompleto, lleno de colores que no terminan de decidirse. Y, sin embargo, no necesito comprenderlo.
Por una vez, no busco respuestas.
Dejo que la luz resbale sobre mis brazos, que el aire roce mi piel,
que mi respiración encuentre su propio compás.
Siento el presente.
No como una obligación de estar aquí,
sino como un lugar al que por fin llego sin haberlo perseguido.
El arco permanece suspendido.
Quizá la próxima nota sea triste. Quizá alegre. Quizá nunca llegue. Y no importa.
Porque ahora comprendo que también existe música en aquello que permanece callado.
Hay una parte de mí que deja de correr,
que abandona por un instante todos los relojes, todos los después, todos los «cuándo».
Y se queda; aquí.
En este cuerpo. En esta respiración.
En esta pausa.
El violín espera en mis manos
como espera la vida cuando dejamos de exigirle que nos diga hacia dónde va.
No sé qué nota viene después, pero ahora, no necesito saberlo para sentir que la melodía ya ha comenzado.
Está es la frase seleccionada de la propuesta de la compañera 👉Tracy
—Ha sido una visita forzada —murmuré ante su tumba, mientras depositaba un ramo de flores de plástico, por aquello de que el presupuesto tampoco da para milagros, pero sabiendo que no merecía flores frescas.
Han pasado unos años desde tu muerte y, por fin, puedo hablarte sin que me interrumpas para corregirme, criticar mi ropa o recordarme que tu madre hace mejor las croquetas.
—Debo confesarte algo —dije sin percibir que hablaba en voz alta—, desde que te fuiste, la casa está más silenciosa. Nadie ronca, nadie protesta por la sal y nadie me pregunta por qué gasto en tonterías, como por ejemplo, unos guantes para calentar mis manos. ¡No es una tragedia, como comprenderás!
Suspiré con teatralidad y sonreí para mis adentros por la ironía. Siempre se me ha dado bien el teatro; lástima que él jamás apreció mis interpretaciones.
—También he cambiado las cortinas. Las horribles, aquellas que elegiste tú. Y he regalado tu sillón a un vecino. Dice que es comodísimo. Claro que él no tuvo que compartirlo contigo durante cuarenta años.
Una ráfaga de viento movió mi cabello. Interpreté aquel gesto como una protesta.
—Bueno, debo irme —suspiré. He quedado para cenar.
Me alejé despacio, sin mirar atrás. Al fin y al cabo, llevaba años esperando permiso para vivir porque a veces la intimidad se vuelve siniestra.
Feliz Martes. Publica una foto graciosa. Publica una foto no tan graciosa.
En Comedy Plus y Messy Mimi 👇
Adaptado el reto del lunes al del martes.
Hay algo azul en vuestra mirada, quizás solo es un reflejo del sol que invade mi alma. No estoy segura. Últimamente mi memoria tiene la desagradable costumbre de jugar al escondite conmigo y, lo que es peor, es que siempre hace trampas. Pero ahí, estáis vosotros el amor más puro que puedo recibir.
Cada mañana despertaba con la sensación de haber dormido dentro de una jaula.
No había barrotes. Nadie cerraba la puerta. Sin embargo, cuando intentaba levantarse, algo invisible la retenía.
Sentía una corona de espinas incrustada en su cabeza. No era de hierro ni de madera, sino de pensamientos. Cada espina llevaba un nombre, una ausencia, una enfermedad, una palabra que nunca llegó a decir, una despedida que dolía, sí, dolía a causa del silencio.
A veces caminaba por la casa y escuchaba sus voces. Otras, se detenía frente al espejo y apenas reconocía a aquella mujer que la miraba desde el otro lado.
Su cuerpo también parecía haberse convertido en territorio enemigo. Un día dolía una parte; al siguiente, otra. La mente no concedía tregua. Y la tristeza, paciente y silenciosa, se sentaba junto a ella a desayunar.
Era prisionera de todo aquello que no podía cambiar.
Pero aquella mañana ocurrió algo distinto.
Abrió la ventana.
El aire entró despacio, moviendo las cortinas como si alguien invisible quisiera acariciarla. Cerró los ojos y respiró.
Por primera vez no intentó expulsar el dolor.
Lo dejó estar; quizá no podía arrancarse aquella corona de espinas, pero sí podía aprender a llevarla sin agachar siempre la cabeza.
Miró al cielo.
Los que había perdido seguirían viviendo en algún rincón de su memoria. Las cicatrices continuarían formando parte de ella. Su cuerpo seguiría teniendo días difíciles.
Pero todavía estaba allí, mientras quedara un poco de aire en sus pulmones y una ventana por abrir, para escapar de su propia vida sin pensar.
Entonces ocurrió algo.
Una ráfaga de viento entró por la ventana y levantó su cabello. Por un instante, sintió que las espinas de aquella corona se desprendían una a una. No cayeron al suelo.
Se transformaron en flores.
Y allí, frente al espejo, supo que no había vencido al dolor. Había aprendido a florecer con él.
Y sonrió; por primera vez en mucho tiempo, aquella mujer no vio una corona de espinas sobre su cabeza.
No persigo las horas ni intento convencer al mañana de que me espere. El mundo continúa girando detrás de la ventana, pero yo permanezco quieta, con la cabeza apoyada sobre mis brazos, escuchando ese silencio que casi nunca me permito.
Respiro.
Y en ese simple gesto descubro algo que estaba escondido dentro de mí: un espacio diminuto donde nada me exige nada.
La luz entra despacio. Se posa sobre mi piel, sobre mis manos, sobre el cansancio que llevo acumulado como si también él necesitara descansar.
No hago nada.
Y, por primera vez, no hacer nada no significa perder el tiempo.
Significa encontrarlo.
La vida permanece aquí, latente, como una habitación interior cuya puerta siempre está abierta. Es el margen entre un pensamiento y otro. El pequeño respiro que queda cuando dejo de llenar cada instante con ruido.
Letreros, dejaos llevar por una melodía para que vuestra inspiración comience a bailar. Un reto de escritura creativa al son de la música. Escribir un relato inspirado en esta música.
La extensión MÁXIMA es de 150 palabras.
#Evocanotas
La melodía comenzó como comienzan los recuerdos: sin pedir permiso.
Al principio parecía hablar de esperanza, de esas promesas que uno hace cuando todavía cree que el futuro tiene algún interés en cumplirlas. Después llegaron las notas más oscuras, y con ellas la certeza de que algunas cosas solo existen para enseñarnos a perderlas.
Afuera llovía.
Qué oportuno.
El cielo, incapaz de soportar la sutileza, había decidido acompañar la tristeza con su propio drama.
Pero la melodía no terminaba en tristeza. Continuaba.
Eso era lo cruel.
Después de todo lo perdido, después de las despedidas, de las palabras que llegaron demasiado tarde y de los recuerdos que ya no podían cambiarse, todavía quedaba una última nota.
Una pequeña insistencia.
Como si la vida dijera:
«No importa cuánto hayas perdido. Mañana tendrás que levantarte igualmente».
Y, sinceramente, qué manera tan poco elegante de llamar a eso esperanza.
El lago parece haber olvidado que existe el viento.
Apenas unas ondas tiemblan sobre el agua, como si alguien, desde el fondo, respirara despacio para no despertar la tarde.
Dos mujeres avanzan en una pequeña barca. No hablaban. Tampoco parece necesario.
A su alrededor, las ramas de los árboles se inclinaban sobre el agua, proyectando sombras que se mueven con lentitud.
—Qué día tan hermoso, —menciona la de cara de tristeza.
—Sí. Demasiado hermoso, —responde con extrañeza.
—¿Puede un día ser demasiado hermoso?
Ella bajó los ojos.
—Cuando sabes que no volverá.
La barca siguió avanzando.
—Siempre fuiste muy misteriosa.
—No. Solo aprendí tarde que algunas cosas se dicen mejor cuando ya no pueden contestarte.
El sol comenzó a descender, y durante unos minutos ninguna habla. Permanecen, flotando sobre el lago, mientras la tarde enciende de oro los árboles, y el agua.
Desde lejos, cualquiera habría pensado que eran dos mujeres disfrutando de un hermoso día de verano. Y quizá lo eran.
Porque hay despedidas que no necesitan lágrimas. A veces basta con una barca, y un último día hermoso para decirle adiós a toda una vida.
Miércoles sin palabras y Palabras para el miércoles
ENCUENTRO JUEVERO 1 DE OCTUBRE: TÍTULOS EXTRAVAGANTES
La consigna es bastante simple y consiste en elegir uno de los EXTRAVAGANTES títulos que (o proponer uno propio) y desarrollar en alrededor de 350 palabras una historia de estilo y forma libre lo más loca, original, creativa, fantasiosa y peculiar que se les ocurra.
Tras varias semanas de gran intensidad y con una nueva semana que se presenta cargada de visitas médicas, he llegado a una conclusión que quizá necesitaba escuchar desde hace tiempo: también hay que saber parar.
Cuando el estrés se acumula, la mente y el cuerpo necesitan espacio para respirar. No siempre podemos seguir adelante al mismo ritmo, atendiendo a todo y a todos. A veces, desconectar no es abandonar, ni rendirse, ni dejar nada atrás; es simplemente concedernos el descanso que necesitamos para recuperar fuerzas.
Por eso, he decidido tomarme al menos una semana de descanso. Alejarme un poco de las obligaciones, del ruido y de las prisas. Dejar que la mente se aquiete, respirar despacio y permitirme, sin culpa, no hacer nada.
Porque parar a tiempo también es una manera de cuidarse.
Nos leemos a la vuelta, con más calma, más energía y, espero, con la mente renovada.