«Inspirado en la delicadeza de las estampas de Itō Shinsui que representan los recuerdos que permanecen suspendidos en el tiempo».
CADA JUEVES UN RELATO 29/10/26:
La Nostalgia y el Tiempo
«El tiempo pasa como la brisa entre los bambúes; solo el corazón sabe qué hojas cayeron y cuáles siguen temblando en su interior».
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La tarde derrama su luz de nácar sobre los tejados de Kioto. Sentada junto al shōji, la delicada celosía de papel, Aiko contempla cómo las glicinas mecen sus racimos violetas al capricho del viento. Lleva un kimono azul y beige y el cabello recogido.
Hace tres primaveras que Takeshi partió hacia el norte prometiendo regresar cuando los cerezos florecieran por cuarta vez. Desde entonces, cada primavera ha sido una herida cubierta de pétalos.
Aiko no llora. En su mundo, las lágrimas son pequeños ríos que deben encontrar su cauce en la intimidad. Por eso, al caer la noche, abre una caja de madera para acariciar las cartas que él le escribió. El papel conserva un perfume tenue, acaso de tinta, acaso de recuerdos.
Miró con añoranza la hoja de flor de cerezo que dormía entre sus pliegues descolorida por el paso del tiempo. Releyó sus palabras escritas en el papel: «Si alguna vez el viento pronuncia mi nombre, siente la intensidad de mis caricias y no habrá ausencia».
Cerró los ojos.
Afuera, una campanilla anuncia la llegada del crepúsculo; un leve recuerdo asoma en su mente. "Una joven cruza el puente con un paraguas rojo", y por un instante recuerda el momento en que le conoció, años atrás, cuando creía que el amor podía detener el tiempo. No solo añoraba a Takeshi, también a la mujer que fue: la que esperaba sin miedo, la que confundía la promesa con la eternidad.
Se soltó el pelo y dejó que el cabello le rozara los hombros. Luego escribió una carta sin destinatario y la depositó a sus pies. Algunas mujeres no esperan un regreso: solo aprenden a despedirse poco a poco, como el otoño de una rama, sin hacer ruido, mientras el corazón sigue floreciendo en silencio.
«Dentro de mí aún habita la mujer que fui. A veces regresa al caer la tarde, se sienta junto a mis nostalgias y me pregunta si aprendí a ser feliz. Le sonrío y le digo que sí, aunque hay ausencias que todavía duelen y días en los que mi alma añora aquella luz de la vida que el tiempo se llevó sin despedirse.»