Objetos con memoria
Dicen que los objetos no sienten, pero…
¿Y si alguno recordara lo que ha visto, lo que ha guardado o lo que ha perdido?
Puede ser:
– un objeto cotidiano o extraño,
– antiguo o moderno,
– querido u olvidado,
– que recuerde por nosotros…
El relato puede estar narrado:
– por el objeto, por quien lo encuentra, por alguien que descubre su secreto o por quien tu quieras.
Como siempre, libertad total de tono: poético, reflexivo, tierno, irónico, inquietante o realista mágico.
Normas de Tesalo:
–Se publicarán a partir del Jueves 19 de febrero
– Intentar no pasar de 350 palabras.
Una tarde cualquiera
La caja apareció una tarde cualquiera, en el fondo del armario, como si hubiera aprendido a respirar polvo para no molestar. Allí estaban mis muñecas recortables: sus vestidos con pestañas dobladas, sus zapatos imposibles, sus sonrisas intactas pese al paso de los años.
Las tomé entre los dedos y el tiempo se plegó como una falda de cartulina.
Recuerdo la mesa de la cocina, el hule con flores desvaídas, la luz tibia de la tarde entrando por la ventana. El café y mis hermanas al rededor de la mesa. Recuerdo mis tijeras torpes, cortando con una precisión alterada. Cada vestido era como un acto de amor: el rojo para las fiestas imaginarias, el azul para los paseos por ciudades que aún no conocía, el blanco para bodas que no entendía pero soñaba. En aquel pequeño teatro de papel yo decidía el destino, el clima y hasta la felicidad.
Las muñecas siempre sonrien, incluso cuando las pestañas se rompían y los vestidos ya no encajan bien. Ahora las miro y veo en sus dobleces las grietas de mi propia infancia: la tarde en que dejé de jugar sin darme cuenta, el día en que preferí callar, la primera vez que sentí que el mundo era demasiado grande para mis manos pequeñas.
Hay una de ellas que tiene el cabello amarillo pintado a lápiz, porque quise que se pareciera a una amiga que se mudó sin despedirse. Otra conserva una mancha diminuta de chocolate en el vestido; sé exactamente qué tarde fue, sé que ese día reí tanto que olvidé limpiarla.
Las vuelvo a recortar con la yema de los dedos, como si pudiera desprender el pasado con cuidado y volver a vestirlo. Pero el papel cruje, frágil, y entiendo que la infancia no se pone y se quita como un traje. Solo permanece en estos restos delicados, en estas figuras planas que un día sostuvieron todos mis mundos.
Cierro la caja despacio. No es tristeza lo que siento, sino una especie de ternura, de melancolía herida. Las muñecas recortables ya no necesitan que las vista; ahora son ellas las que me visten a mí con la memoria.






























