cuando el viento ha desordenado los nombres,
cuando la lluvia ha escrito despedidas
en los cristales frágiles del alma,
queda algo; la ausencia.
Queda una luz pequeña, obstinada,
una llama diminuta que resiste
igual que resisten las flores silvestres
entre las grietas de los caminos recorridos.
Porque la vida tiene extrañas mareas:
a veces nos eleva hacia la música del cielo,
otras nos deja naufragando
en orillas que jamás imaginamos pisar.
Y sin embargo, incluso allí,
donde parecía habitar únicamente el invierno,
un día despierta mayo entre las ruinas.
Entonces comprendes
que la ilusión no era aquella estrella lejana
que perseguíamos con las manos vacías;
era la fuerza secreta
que nos hizo seguir caminando.
Y vuelvo a mirar el horizonte.
Con cicatrices, sí;
con la memoria llena de noches interminables, y ausencias.
Pero también con esa certeza
que sólo conocen quienes han caído:
que la esperanza es un ave testaruda,
y siempre, siempre encuentra la forma
de regresar al pecho
para construir de nuevo su nido.
Porque después del dolor,
después del miedo,
después de los avatares y los largos inviernos,
la ilusión florece distinta.
Más serena.
Más sabia.
Más verdadera.
Como la primera luz del amanecer
después de una noche de ausencia
que parecía no terminar jamás,
la presencia es más una ausencia fallida,
que persiste con cada nuevo amanecer.

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