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miércoles, 14 de enero de 2026

Las siete cabritas


 Convocatoria abierta hasta el 9 de febrero a la medianoche (hora de España peninsular).

Convierte a un personaje de algún cuento clásico en alguien totalmente distinto a quien era en la versión original del autor. Por ejemplo: un villano hecho héroe o al revés.
Esta vez te puedes explayar más. Tienes un máximo de 500 palabras (para el formato relato) y un máximo de 40 versos (para poesía).

Más información 👉 AQUÍ en el blog de Rebeca la organizadora.




En un pequeño valle protegido por la arboleda, vivían siete cabritillas bajo la tutela de su madre. Cada mañana, antes de partir al monte, repetía su letanía de cautela: no abrir a desconocidos, no fiarse de voces fingidas, ni extraños.
Aquel día, sin embargo, quien se acercó a la cabaña no fue ningún desconocido, sino el lobo del bosque, viejo, dolorido, cojo y cubierto de cicatrices. Sus ojos, en otros tiempos fueron brasas de un fuego aterrador, ahora, eran charcos de triste melancolía. No traía hambre, sino presagios, advertencias.

Golpeó la puerta con el nudillo de una pata y habló con voz grave, pero limpia:
—Pequeñas, huid. Un monstruo viscoso y sin forma ronda por el valle. No es carne lo que busca, sino inocencia.

Las cabritillas, temblorosas, dudaron. El nombre del lobo aún sonaba entre los avisos maternos por el terror de sus fauces. Pero su tono parecía distinto, no era de engaño, sino de vigilia. Aun así, no abrieron.

Desde el matorral emergió entonces una figura oscura: una neblina con ojos, una sombra que tomaba forma de niebla y humo, un ser de palabras dulces y tibias. Era el verdadero peligro: el monstruo del susurro, entidad que se alimentaba de confianza y se colaba por rendijas del alma.

El lobo, erguido pese al dolor de sus huesos, se interpuso entre la cabaña y aquella bruma parlante. Gruñó, no con ferocidad amenazante, sino como un quejido del alma. El aire dolido vibró. El susurro de la sombra se deshizo, deshilachado como humo entre el viento.
Cuando la madre cabra regresó, encontró al lobo recostado, exhausto, guardián improbable de su hogar. Él no pidió gratitud; solo se alejó, arrastrando el peso de los años entre los pinos, observado de cerca por el flautista de Hamelin, que llevaba de la mano al pequeño Superman.






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