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martes, 3 de febrero de 2026

La magia de Alicia


 Convocatoria juevera dirigida por Dafne

   Alicia en el pais de las maravillas 

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Parecía algo remoto, como si la paz del lugar se postergara en el tiempo; sin embargo, la placidez de las moradas —una calma asumida como idiosincrasia— fue barrida por el viento con el avistamiento del nigromante; dicen que sus ojos son como dos grandes órbitas de fuego y que de una sola ojeada te manda al pozo de los infiernos con sus extrañas palabras. 

Ni mafias ni machos cabríos alteraron el lugar hasta la llegada del nigromante; no obstante, cuando Alicia la maga, cuya fortaleza ningún brujo lograba quebrar, fue vista entrando en el bosque, un rayo de esperanza se iluminó; era tan fuerte que ni la reina del Consejo del país de las maravillas podía hacerle sombra. El Gato Invisible apareció entonces, flotando en la penumbra con su sonrisa suspendida, advirtiendo —o burlándose— de los caminos que no conducían a ninguna parte.

Y ahora calada hasta los huesos, bajo un frondoso árbol, Alicia espera repeler la magia monstruosa que se ha apeado en el entorno del cual han desaparecido el Sombrerero, la Reina de Corazones y sus cartas, borrados del relato como piezas inútiles. Pero el Gato aún observa desde algún lugar que no existe del todo. Y mientras su sonrisa persista en la oscuridad, Alicia sabe que no está sola. 

Cerró los ojos y murmuró las palabras adecuadas; el bosque entendió. El Consejo volvió a respirar y, en algún lugar, el Gato Invisible sonrió. La magia oscura perdió su anclaje, como una palabra que se deteriora sin más. Y al amanecer, el Sombrerero regresó a su mesa; las cartas hallaron de nuevo su orden junto a la Reina de Corazones y la amenaza se disolvió entre los árboles. No hubo celebración, ni no cumpleaños: solo la certeza de que el mal, cuando no tiene voz, desaparece en la oscuridad.

El único que parecía absorto con lo sucedido a su alrededor era el Conejo Blanco, que continuaba su carrera, mientras miraba su reloj angustiado y decía:

«¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!»





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