"De modo que, amigas y amigos polivulgadores, os invitamos a escribir sobre cualquier mito, hipótesis o creencia popular que haya sido refutada o desmentida por la ciencia. Para ello, debéis publicar un bluit/tuit el próximo 15 de enero con el enlace a vuestro texto o hilo."
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Creencia
Durante siglos se creyó que la Tierra era el centro inmóvil del universo. Esta idea, conocida como modelo geocéntrico, tenía raíces en la Antigüedad clásica y fue formulada con rigor por Claudio Ptolomeo en el siglo II. Según esta visión, el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas giraban alrededor de nuestro planeta en complejas órbitas circulares. No era solo una hipótesis astronómica: era una creencia filosófica y casi espiritual, que situaba al ser humano en el centro de la creación.
El geocentrismo encajaba con la experiencia cotidiana: el suelo bajo los pies parece quieto y el cielo parece moverse. Además, armonizaba con la idea de un cosmos ordenado y jerárquico, donde la Tierra ocupaba el lugar privilegiado. Durante más de mil años, esta concepción fue aceptada como verdad indiscutible.
Sin embargo, en el siglo XVI, Nicolás Copérnico propuso una hipótesis revolucionaria: era la Tierra la que giraba alrededor del Sol. Más tarde, Galileo Galilei, con su telescopio, observó las fases de Venus y las lunas de Júpiter, pruebas que no podían explicarse con el modelo geocéntrico. Finalmente, Johannes Kepler y Isaac Newton demostraron que los planetas se mueven siguiendo leyes físicas precisas alrededor del Sol.
Así, la ciencia desmintió una creencia milenaria y desplazó a la Tierra de su supuesto trono cósmico. Este cambio no solo transformó la astronomía, sino también la manera en que la humanidad se percibe a sí misma: ya no como el centro del universo, sino como un pequeño punto en un espacio vasto y en expansión.
Mapamundi de Claudio Ptolomeo correspondiente a la Geographiae editada en Roma en 1508, que fue localizado en Nueva York.
Hipótesis
En el siglo XVII, los químicos creían que todos los materiales combustibles contenían una sustancia llamada flogisto, que se liberaba al quemarse. Según esta idea, cuando algo ardía, el flogisto “se escapaba” del objeto, dejando solo su residuo. Por ejemplo, cuando se quemaba la madera, el carbón restante era la madera sin flogisto. Esta hipótesis intentaba explicar la combustión y la oxidación de los metales, y durante casi 100 años fue la teoría dominante en química.
Sin embargo, a finales del siglo XVIII, Antoine Lavoisier refutó la idea del flogisto al demostrar que la combustión implicaba una combinación con oxígeno, no la liberación de una sustancia invisible. Lavoisier explicó correctamente que la masa se conserva y que los residuos (como ceniza o óxidos) resultan de la reacción química con el oxígeno, no de la pérdida de flogisto.
La hipótesis del flogisto quedó obsoleta, y su refutación marcó el nacimiento de la química moderna basada en reacciones medibles y explicables.
Appareil de Lavoisier pour l'analyse de l'air. Antoine-Laurent de Lavoisier, 1743.
Retrato de Antoine Lavoisier y portada de su obra Tratado elemental de Química.
Experimento sobre la descomposición del agua, ilustración de Traité élémentaire de chimie por Antoine Laurent de Lavoisier 1743-94.
Microrrelato
En los albores de la ciencia, cuando los astros y los elementos aún danzaban en misterioso concierto, se hallaban dos hombres de saber que la posteridad había de recordar. Claudio Ptolomeo, astrónomo de la Grecia ilustre, contemplaba el cielo en su firmamento geocéntrico, trazando círculos y epiciclos, como quien borda con hilos invisibles la urdimbre de la bóveda celeste. Su Almagesto, códice venerable, susurraba a los curiosos el esmero de los movimientos de los planetas, y cada estrella parecía rendirle homenaje en su órbita ordenada.
Mas en los salones perfumados de la Francia del siglo XVIII, Antoine Laurent de Lavoisier, con mirada firme y guantes pulcros, disolvía el misterio del fuego y del aire. Pesaba con rigor las sustancias, mezclaba gases y descubría que la respiración era semejante a la combustión; su balanza, noble juez, dictaba sentencia sobre la verdad de la materia. La ciencia química hallaba en él su paladín, y el oxígeno, antaño ignorado, se presentaba como nuevo actor en el gran teatro de la naturaleza.
Y aunque separados por siglos, sus espíritus se encontraron en un sueño de alquimia y cosmos: Ptolomeo señalaba la esfera celeste, Lavoisier mostraba la esencia de los elementos. “¡Oh, venerable maestro del cielo!”, exclamaba Lavoisier en voz callada, “tus órbitas inspiran mis leyes; los movimientos del mundo inferior se reflejan en los del superior”.
Ptolomeo, entre papiros y astrolabios, sonrió con sabia indulgencia: “Y tú, guardián del fuego y del aire, enseñáis que hasta lo invisible tiene peso y medida. Si mis astros giran, vuestros elementos arden; la armonía del universo se extiende de lo celeste a lo terrenal”.
Y así, en un éter imaginado, la ciencia, antes temida como magia, se mostraba como puro arte de la razón, donde las estrellas y el oxígeno, la balanza y el astrolabio, se confesaban mutuamente los secretos que la humanidad aún anhelaba descubrir y comprender.
Ilustración xilográfica anónima de un alquimista en su laboratorio. 'La práctica de la nueva y antigua física' de Conrad Gesner, 1599."
Conrad Gessner (1516-1565, Zúrich) fue un teólogo, lingüista y erudito literario; también médico, científico y naturalista (las rocas, plantas y animales eran su dedicación); además era taxidermista, dibujante y acuarelista: un universalista de las ciencias, que fue el primero en descubrir el grafito enfundado en envoltura de madera en su obra De omni rerum fossilium genere del año 1565, y que servía para escribir y dibujar.
En la entraña oscura de la montaña
descubres el fulgor humilde del grafito,
negro corazón que no mancha el alma
sino que la enseña a decirse.
Lo envuelves en madera, como quien protege una brasa de ideas,
y nace el lápiz:
un animal dócil que deja huellas.
Con él, la ciencia aprende a dibujar,
la palabra aprende a ser línea,
y el pensamiento, tembloroso,
encuentra por fin su esqueleto.
No hay espada ni cetro:
solo un filo de sombra que escribe.
Y en tu mano, Gessner,
la naturaleza se vuelve trazo
y el trazo, memoria del mundo.
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