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viernes, 6 de mayo de 2022

La niebla de los condenados




El ojo de la tormenta se abrió en silencio. Desde las sombras, fui testigo de cómo la gente se desvanecía en la niebla, arrastrada por una fuerza invisible. Los gritos desgarraban el aire, pero yo permanecía inmóvil, atrapada por el terror. Sabía que era obra de la hechicera, que desde hacía horas seducía a las almas perdidas hacia el bosque. Un leve ruido me sacó de mi letargo. Me tensé. Un joven, cubierto de barro, se arrastraba por las escaleras de mi casa, buscando refugio, tratando de escapar de aquella fuerza inhumana. Lo dejé entrar sin hacer preguntas.


—¿Qué haces aquí? —mi voz tembló más de lo que esperaba.

—Esta es la casa más alejada del poder de la hechicera —respondió con la respiración agitada—. No me quedaba otra opción.

—¿Y ahora qué? —susurré—. ¿Qué haremos si nos encuentra?

El joven me miró, sombrío.

—Solo nos queda rezar... y esperar. Si la maldición no se disipa, estamos condenados. He visto cómo la gente caminaba hacia el bosque, con los ojos en blanco, como marionetas. Luego venían los gritos, y un deseo inexplicable de seguirlos me invadió. Pero resistí... al volverme, la vi. Entre la niebla, su silueta, la mujer de un solo ojo.

—¡La hechicera! —murmuré, sintiendo que el frío se apoderaba de mis huesos.

—Sí, la misma de la que hablaban los ancianos. Está aquí.

De repente, la puerta se abrió con un crujido. El miedo nos paralizó. Algo me empujó a avanzar, como si una mano invisible me obligara a acercarme a la puerta. Un hedor a muerte invadió la casa. Lo entendí en ese instante. Giré la cabeza hacia la derecha y una sacudida recorrió mi cuerpo. Allí estaba ella, la hechicera, su rostro inerte, con aquel ojo único, abismal. El aire se volvió denso. Íbamos a morir. Un grito salió de lo más profundo de mi ser.

—¡No, no, no!

El joven me sujetó con fuerza sobrehumana, sus labios murmuraron algo en un idioma desconocido: "Malos nos depelleredomine".

De pronto, sentí cómo el aire que me oprimía se desvanecía. La niebla se disolvió lentamente, llevándose consigo el horror. Me abracé al joven, exhausta y temblorosa, pero el silencio que ahora envolvía el pueblo era más aterrador que cualquier grito.

—Debemos quedarnos aquí hasta el amanecer —dijo con voz apagada.

—Sí... no puedo pensar en otra cosa. Estoy aterrada.

Pasamos dos días encerrados, sin atrevernos a salir. No se oía ni un ladrido, ni el más leve susurro del viento. Cuando al fin reunimos el valor suficiente para abrir la puerta, lo que encontramos fue indescriptible. Cuerpos esparcidos, aquellos que no resistieron el hechizo, yacían sin ojos, con un solo globo ocular incrustado en el centro de sus frentes. La imagen me sobrepasó. Vomité y lloré, llena de rabia y desolación. De cuarenta y cinco almas que habitaban nuestro pueblo, solo quedábamos dos.



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