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miércoles, 28 de enero de 2026

Evolución



Fue algo bastante inusual, como dos tormentas que, al acercarse, comienzan a girar una alrededor de la otra sin llegar a fundirse del todo. El efecto Fujiwhara, lo llaman.

David, sin avisar, se subió a su coche y condujo durante tres horas solo para verla. Cuando Eli recibió su mensaje —“Estoy en la puerta de tu casa”— sintió primero incredulidad y luego un leve enfado.

—¿Cómo que en la puerta? —respondió por teléfono, bajando la voz—. David, eso no tiene ninguna gracia.

—No es una broma —dijo él—. Necesitaba verte. En persona.

Durante años habían hablado como dos simples amigos. Risas, confidencias, madrugadas al otro lado del auricular. Nunca, ni por un segundo, Eli había imaginado algo más. Por eso, cuando supo que ella tenía una relación con Cristina empezaron los mensajes insistentes, las llamadas largas, las súplicas disfrazadas de cariño; algo se le removió por dentro. Y todo sin haberse visto jamás.

Sus padres, desde el salón, escuchaban el murmullo tenso de la conversación.

—¿Quién es ese chico? —preguntó su madre, Tania, frunciendo el ceño.

—Un amigo… de internet —respondió Eli—. Pero tranquilos, no voy a hacer ninguna locura.

Aun así, antes de bajar, les dio su número, la matrícula del coche que David le había dictado y una palabra clave.

—Si en diez minutos no recibís un mensaje con la palabra “luz”, llamáis a la policía —dijo, con firmeza.

La puerta del portal se abrió y allí estaba él: más real, más alto, más nervioso de lo que había imaginado.

—Hola, Eli… —murmuró, con una sonrisa temblorosa.

—Hola, David. ¿Por qué has venido así, sin avisar?

Él respiró hondo.

—Porque tenía miedo de que, si lo hablábamos por teléfono, colgarías antes de que pudiera decirte lo que siento.

Caminaron unos metros en silencio. Eli notaba el corazón acelerado, no por ilusión, sino por esa mezcla de extrañeza y peligro que tienen los encuentros que rompen la frontera entre lo virtual y lo real.

—David —dijo al fin—, te aprecio. Mucho. Pero solo como amigo. 

Él bajó la mirada y asintió.

—Supongo que necesitaba escucharlo mirándote a los ojos.

Se despidieron con un abrazo breve, contenido, como dos corrientes que se rozan y luego vuelven a separarse. Diez minutos después, en el móvil de Tania vibró un mensaje: “luz”.

Esa noche, sentada en la cocina, Tania pensó en lo ocurrido. Sintió un escalofrío al imaginar cuántas historias empiezan hoy sin rostros, sin gestos, sin tierra firme bajo los pies.

La tecnología acerca, sí, pero también expone. Sirve para trabajar, para aprender, para comunicarse… pero cuando se trata de personas, de emociones, de cuerpos reales, no basta con una voz al otro lado de la pantalla. Hace falta prudencia, tiempo, lugares seguros.

Comprendió entonces que el mundo gira cada vez más rápido, como sistemas que se atraen sin conocerse del todo, y que, si no se camina con cuidado, ese giro puede convertirse en choque imprudente.










  

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Fue algo bastante inusual, como dos tormentas que, al acercarse, comienzan a girar una alrededor de la otra sin llegar a fundirse del todo. ...