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martes, 10 de marzo de 2026

Todo puede pasar


 
Este jueves, un relato: Un crimen para resolver
 

Demiurgo  anfitrión está semana nos hace la siguiente propuesta: se trata de escribir un relato policial, en que se haya cometido un crimen. Dejo algunas sugerencias.

1) Un personaje está internado, por cuestiones de salud mental. Pero es atendido con mucha dedicación, en recompensa a su talento como asesor de investigadores.

2) Un crimen es resuelto, por la torpeza, de quienes lo cometen. Demasiados torpes para quedar impunes.

3) Un trío musical (o una solista) tiene un fan obsesivo, con influencias, que quiere contribuir al éxito. Detractores comienzan a ser asesinados.

4) En las escenas de crimen se encuentran restos de comida.

5) Hay un asesino, o asesina, serial de mujeres deportistas atléticas.

6) Varias modelos han sido asesinadas. El sospechoso el artista para quien posan las modelos. Aunque la dueña de una galería cree que es inocente.

7) Los crímenes se parecen a la futura novela de una escritora con conflictos legales. Aunque la escritora dice que la editorial modifica la novela para tener más impacto.

8) Asesinatos de científicos. Se sospecha de un culto anti ciencia aunque los sospechosos más obvios pueden no ser los culpables.

9) Una mujer policía está entrenada para actuar como señuelo, para atrapar asesinos seriales de mujeres. Su seguridad depende también de sus compañeros. Y podría estar en un peligro en que nunca ha estado.

Estas son sólo ideas. Pueden escribir algo distinto, basta que haya un crimen, que sea descubierto por quien investigue. Podría quedar impune si se trata de una venganza.

Pueden combinar con otros géneros, como la ciencia ficción, terror, fantástico, incluir algo de romance, incluso erotismo.



"He recuperado este relato ya publicado tiempo atrás para la convocatoria".

No podía posponerlo por más tiempo. Llevaba toda la noche sin dormir y estaba agotada. Suspiró y entró de nuevo en la sala de interrogatorios.

—Espero que haya recapacitado y esté dispuesto a confesar. Si coopera, se ahorrará tres o cuatro años de cárcel.
El detenido guardó silencio.

—¡Maldita sea! Le caerán de diez a quince años por asesinato —amenazó Emma, teniente de homicidios.

—¡Cojonudo! —dijo su abogado, que acababa de entrar en la sala—. Intimidación y retención ilegal, ya que no tiene ni una sola prueba contra mi defendido; va a tener que dar muchas explicaciones, teniente.

—Su defendido fue detenido en la escena del crimen, abogado de pacotilla —replicó Emma a la vez que lo fulminaba con la mirada.

—¿Y eso le convierte en culpable, detective? ¿Tiene pruebas o el arma homicida? Estoy seguro de que no, o en tal caso ya estaría en el calabozo. ¿Me equivoco? Deje inmediatamente en libertad a mi cliente, o se pasará el resto del año rellenando papeles.

Se produjo un inquietante silencio. El aire de la sala estaba cada vez más viciado, y el olor a sudor del detenido comenzaba a ser nauseabundo. Emma se dio cuenta de que al detenido le temblaban las manos y avanzó medio paso hacia él en actitud furiosa.

—¡No saldrás fácilmente de está capullo!—gritó.

—Está usted amenazando a mi cliente, detective, la demandaré.

El detenido miraba a Emma con expresión angustiosa; parecía acobardado. Por un segundo le pareció que iba a empezar a hablar, pero agachó la cabeza y permaneció en silencio.

—Espere un momento, abogado, quizás consiga sorprenderle, empiezo a cansarme de usted y de su cliente —dijo mientras salía de la sala dando un portazo.

Al cabo de unos minutos, entró de nuevo.

—Bien, abogado Fints, su cliente queda detenido por asesinato con agravante y alevosía.

—¿De qué está hablando, teniente? —¿Es otra de sus tretas? —contestó furioso el abogado—. No tiene pruebas de nada; le reitero que deje a mi cliente en libertad de inmediato.

—Tenemos un testigo que vio cómo asesinaba al vigilante del muelle 32 e incluso el lugar donde tiró el arma.

El abogado se quedó petrificado. Miró a su cliente con rabia. Durante unos minutos guardó silencio, pensando cómo se lo tomaría su padre, el alcalde de la ciudad.

—Por lo visto, su cliente era asiduo en los muelles, donde adquiría la cocaína, aunque esta vez quería obtenerla sin pagar —añadió la teniente.

—No hagas ninguna declaración, si no es en mi presencia —advirtió el abogado a su cliente. Detective, nos veremos en los tribunales.

Emma ni se molestó en contestar.

El detenido pidió un poco de agua. Se la trajeron y, mientras bebía la detective, el policía de la sala comentaba las horas tan duras que habían transcurrido hasta encontrar un testigo. De pronto, empezó a echar espuma por la boca; se había tomado una píldora tóxica que ocultaba tras el ojal de uno de los botones de su camisa. Lo irónico fueron las noticias que aparecieron al día siguiente en los diarios.

“El hijo del alcalde de la ciudad, fallece tras un infarto, a causa de una enfermedad cardiaca”.

—Políticos de mierda —gruñó Emma, tirando furiosa el periódico a la papelera.






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