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miércoles, 11 de marzo de 2026

Al amanecer

 Ilustración de Francine Van Hove. 


El amanecer entra por la ventana con una suavidad que acaricia el alma. La luz se filtra entre las cortinas y dibuja sombras sobre la alfombra. Abrazo las sábanas de la cama, dejando que el calor del sol despierte mi piel antes que cualquier pensamiento.
Placer… qué verbo tan simple para un acto que puede ser tormenta y caricia al mismo tiempo. Mis ideas revolotean, ligeras al principio, luego insistentes, como pájaros que no encuentran rama donde posarse. Hoy el placer del pensamiento no es obligación ni prisa; es un lujo, un ritmo propio que no sigue reglas.

Me pregunto si todos los placeres tienen que ser efímeros. ¿O puedo acaso habitar en esta sensación sin límite, y dejar que el tiempo se diluya como miel sobre la lengua? Cada pensamiento, aunque intenso, no me arrastra. Más bien me sostiene, me envuelve, me hace sentir viva en el acto simple de existir.

Cierro los ojos y respiro. La mente sigue su danza: recuerdos, preguntas, intuiciones que apenas tienen forma. Y aun así, no hay prisa en atraparlas, ni miedo a perderlas. Hay placer en dejar que fluyan como un río lento, en la luz de la mañana.

El placer del sol se mezcla con el placer interior de la mente. ¿Cómo es posible sentir tanta intensidad en algo tan abstracto como pensar? Tal vez es eso, la conciencia del propio pensamiento, el deleite silencioso de saber que puedo simplemente estar, sin planear, solo acompañándome a mí misma en el reflejo tibio de la luz.

Abro los ojos de nuevo y sonrío. Los pensamientos siguen viniendo y yéndose, pero no quiero controlarlos ni detenerlos. Hoy el placer de pensar no es un objeto que alcanzar, sino un instante no efímero que solo a mí me pertenece.


Este relato participa en la propuesta mensual de Ginebra PLACERES


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Al amanecer

 Ilustración de Francine Van Hove.