Relatos Conjuntos
Mujer espigada con gato
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La damisela y el gato negro miran el cielo estrellado. Su rostro sesgado no describe la curiosidad palpable del que observa, pero no ve. Hay en sus pupilas quietud, como si esperara una señal que no se atreve a pronunciar.
El gato, inmóvil junto a ella, afila la noche con sus bigotes. Sus ojos no siguen las constelaciones, sino un punto exacto, casi invisible, que late entre ellas. No maúlla. No parpadea. Solo espera.
El viento trae un silbido que no pertenece al mar ni a las sombras que se alargan alrededor de la luna. La damisela siente que el cielo la observa de vuelta, que cada estrella es un ojo perplejo; sabe que no están contemplando el firmamento: están siendo contemplados.
Una estrella brilla altanera como si dudara. Otra se apaga.
La oscuridad parece cerrarse como un párpado; la damisela sonríe, como quien al fin distingue, entre millones de luces, la única que ha venido a reclamar.

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