Castellano medieval
Sepades, buenos omnes e mugeres, que yo, Gonçalo el panadero, alço agora mi boz, maguer cansada e ronca del polvo e de la farina, contra las asperezas que la vida me depara.
Non es poco mi afán: cada albor me levanto quando las estrellas aún brillan, e enciendo el horno con leña menguada e humosa; mas la vida, que de mío faze escarnio, non me paga con holgança nin con abundança.
Dígolo sin mengua de reverençia: la vida tien se por señora de los destinos, e a mí empuja como brizna en torbellino. Mas yo, pobre siervo del pan, non quiero sofrir callado su duro señorío. Pues si la masa non leva, amásola de nuevo; si el horno se enfría, atízolo con mis brazos; e si la clientela rezonga, dóylos pan caliente por no quebrar mi honra.
Plázeme, e non plázeme: plázeme porque mi oficio es noble, que pan da fuerça e sustenta cuerpos; non plázeme porque el sudor corre, e el denario es corto, e la fatiga nunca falla.
Assí que digo, ¡oh vida áspera!: non me quebrantarás con tu mengua ni con tu rigor. Que aunque mis manos estén agrietadas e mi lomo corvado, mi coraçón es fuerte como hogaza bien cocida.
E si dieres golpes, sofriré; e si truxeres hambres, yo mesmo partiré la corteza dura de mi pan, e con ella resistiré tus embates.
En la penumbra sigilosa del ánimo,
cuando la jornada se vuelve acerba
y el pulso titubea en su cadencia,
surge una llama tenaz, casi numinosa,
que rehúsa disolverse en la intemperie.
Es la resistencia:
un contracanto que desafía al tedio,
un gesto de bravura silente
que cose los jirones del espíritu
con hilos de obstinada serenidad.
A veces es apenas un soplo exiguo,
otras, un oleaje impávido
que embiste contra el muro
del desaliento.
Pero siempre retorna,
con su brillo indómito,
a recordarnos que aún late,
bajo la costra del cansancio,
cuya vocación exige
seguir erigiéndose,
frente al viento del mundo.


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