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lunes, 31 de agosto de 2020

Los animales también tienen Celos. Relato


Tomás, era agricultor, tenía varios animales de labranza, entre ellos un caballo que tiraba del arado y su compañero inseparable, su perro Fofo, que por ser su favorito gozaba de privilegios tales como colarse en la granja de su amo y acurrucarse a su lado en los pies de su cama. Tomás estaba solo; quedó viudo un par de años atrás y no tenía más compañía que la de sus animales. Solo bajaba al pueblo cuando necesitaba alguna herramienta que no tenía ya que él mismo, se hacía el pan y los huevos los recogía a diario de sus gallinas. 

No le faltaba de nada. Una vez al año, mataba un cerdo, secaba las patas que le daban unos jamones exquisitos pues los criaba con alimentos sanos de la granja y luego los vendía en el pueblo junto a las morcillas, chorizos, cecina, etc. Siempre reservando una buena parte para todo el invierno, ganaba suficiente dinero para subsistir y ahorrar un poco para emergencias. Era un hombre fortachon, de un gran corazón y sabía administrar con inteligencia todo lo que vendía. No pudo tener hijos porque Maria era exteril, pero el la amaba y nunca le importó. La vida se la llevó muy pronto de su lado. La hechaba muchísimo de menos, por suerte se mantenía ocupado con la granja. Pero las noches eran muy duras en su soledad. 

Un día Tomás al entrar en la cuadra para preparar el caballo para arar la tierra, su perro empezó a saltar a su alrededor posando las patas delanteras sobre Tomás para que lo cogiese en brazos, buscando ser acariciado. Este lo hizo durante un breve rato y después le obsequió con un trozo de Cecina.

El caballo que lo observó todo; salió de su cuadra y empezó a dar vueltas al rededor de Tomás, el cual quedó extrañado del comportamiento del caballo. Pero de pronto el animal se puso con sus patas frontales en la espalda de Tomás que entonces comprendió que el animal quería llamar también su atención.

Sacó del bolsillo del pantalón un par de terrones de azúcar y se los dio al caballo. Ese día trabajó más que nunca. Y Fofo se pasó el día correteando por el campo y en ocasiones provocaba al caballo correteando entre sus piernas, lo que provocaba la regañina de Tomás. 

A partir de ese día Tomás cada mañana antes de iniciar su jornada arando los campos, les daba a ambos su merecido premio.

Ese año el trigo creció hermoso, consiguió un precio muy bueno y lo celebró en el establo con una botella de vino tinto, un trozo de queso y un mendrugo de pan. Por primera vez desde la muerte de Maria se sintió feliz y en compañía. 


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