Surrealismo Reto de septiembre de Ginebra
«Escribamos sobre uno de esos laberintos de nuestra mente, o sobre cualquier situación tan surrealista como cómica, e incluso dramática. Para ello, y como inspiración si lo deseáis, podéis escoger cualquier pintura de Konstantin Kachev, “un pintor macedonio nacido en Taskent.»
A las tres y diecisiete de la madrugada me desperté porque alguien estaba llamando a la puerta de mi cabeza.
No era una metáfora.
—¿Quién es? —pregunté.
—Tú —respondió una voz desde dentro.
Abrí los ojos y el dormitorio había desaparecido.
En su lugar había una estación de tren construida dentro de una nube. Los andenes flotaban sobre un vacío color berenjena y un reloj sin agujas anunciaba que faltaban cinco minutos para ayer.
Un revisor con cabeza de pez me pidió el billete.
—No tengo billete.
—Entonces tendrá que viajar en el pensamiento equivocado.
Me pareció razonable y subí al tren.
El vagón estaba lleno de puertas. Algunas daban al mar; otras, a habitaciones de mi infancia. Una conducía directamente a una conversación que había tenido hacía veinte años y que, inexplicablemente, todavía me avergonzaba.
Decidí no entrar.
Al fondo apareció un laberinto.
No tenía paredes: estaba hecho de preguntas.
«¿Y si…?»
«¿Por qué dijiste aquello?»
«¿Qué habrás querido decir realmente?»
«¿Dónde dejaste las gafas?»
—¡Esa última sí puedo contestarla! —murmuré.
Pero no podía porque las llevaba puestas.
Seguí avanzando mientras las preguntas crecían como enredaderas. Algunas tenían dientes. Otras aburridas bostezaban. Una me pidió la hora y, al contestarle, envejeció cuarenta años.
Finalmente encontré una puerta diminuta. Sobre ella ponía:
SALIDA DE EMERGENCIA PARA PERSONAS QUE HAN PENSADO DEMASIADO.
La abrí.
Caí de golpe en mi cama. Eran las siete y cuarto. Respiré aliviada.
Entonces vi al pie de la cama al revisor con cabeza de pez.
—Señora —dijo—, ha olvidado algo.
—¿Qué?
Me tendió el billete.
En él aparecía impreso mi nombre.
Y debajo, una única indicación:
Próxima parada: usted misma.

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