Aquella casa amarilla surgía en mi sueño como un faro inclinado sobre un campo de estrellas líquidas donde el tiempo goteaba lentamente por las paredes, como pintura recién nacida bajo la mirada de Vincent van Gogh, que aún pintaba sin manos visibles, solo con pulsos de luz enferma; el viento olía a girasoles dormidos y a cartas nunca enviadas: yo caminaba por sus habitaciones torcidas donde las sillas respiraban recuerdos y los espejos devolvían cielos partidos en dos. Cada puerta era una pregunta abierta sin respuesta y la cocina hervía colores imposibles sobre el techo que latía como un corazón de óleo en ese lugar; el amarillo no era un color, sino memoria encendida que me llamaba desde la distancia del despertar, donde todo parecía inclinarse hacia un mismo instante y vivir era aún posible incluso dentro del sueño; ahí la casa respiraba despacio, como si supiera que alguien la recordaría al abrir los ojos.

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