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martes, 14 de julio de 2026

La piedra y el río


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Cada mañana, una niña cruzaba el río por un viejo puente de madera. Antes de seguir su camino, recogía una piedra de la orilla y la colocaba sobre el pretil.

Al caer la tarde, un anciano pasaba por allí. Tomaba la piedra y la devolvía al agua.

Así ocurrió durante muchos días.

Una mañana, la niña escondió una semilla bajo la piedra. Al regresar, la encontró flotando entre los juncos. Sonrió, volvió a recogerla y la enterró un poco más arriba, donde la tierra permanecía húmeda.

Al atardecer, el anciano llegó hasta el lugar. Vio el pequeño montículo de tierra, pero no lo tocó. En cambio, retiró unas ramas secas que impedían que la lluvia alcanzara el suelo.

Pasaron las estaciones.

Del montículo brotó un árbol joven. Sus raíces sujetaron la ribera cuando llegaron las crecidas, y sus ramas ofrecieron sombra a quienes descansaban después del camino.

La niña siguió cruzando el puente. El anciano continuó visitando el río. Ya no movían piedras.

Un día, un viajero preguntó quién había plantado aquel árbol.

La niña señaló el río.

El anciano señaló la lluvia.

El viajero se marchó sin comprender.

Ellos permanecieron un instante en silencio, escuchando cómo el agua seguía su curso entre las raíces, porque algunas obras nacen de unas manos, otras de las que saben apartarse a tiempo. Y, a veces, la diferencia entre cambiar el mundo o dejar que florezca consiste en descubrir cuándo sostener una piedra... y cuándo devolverla al río.


"No cuentes que la luna brilla; muestra el reflejo de su luz en un cristal roto." Antón Chéjov.

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