Nuestra amiga y compañera Ginebra nos propone inspirarnos este mes, en alguna de esas situaciones en las que, en cualquiera de sus matices, necesitamos y/o queremos “fluir”; ficción o realidad.
No hay límite de palabras y se puede exponer en el formato deseado. Y, como siempre a modo de inspiración y conmemorando sus obras, ya que en apenas un año falleció, elegiremos una o varias de las siguientes ilustraciones de Robert McGinnis. “Un ilustrador norteamericano conocido mundialmente por haber realizado los posters de las películas de James Bond o Barbarella, y portadas de libros de bolsillo”.
Cuando se miró al espejo aquella mañana, no buscó a la joven que había sido. Ya no la añoraba. Las primeras líneas junto a sus ojos, las huellas discretas del tiempo sobre su piel y la serenidad que habitaba sus gestos le parecieron, por fin, una forma de belleza que nadie podía arrebatarle.
Había pasado años luchando contra los cambios, escondiendo canas, disimulando cicatrices invisibles y pidiendo disculpas por ocupar espacio. Pero aquella mujer que la observaba desde el cristal no necesitaba permiso para existir. Era la suma de sus pérdidas, sus alegrías, sus errores y sus aprendizajes.
Abrió la ventana. El aire de la mañana entró despacio, como un visitante conocido. Entonces sintió algo extraño: una ligereza nueva. Como si una a una fueran cayendo las capas que había acumulado para protegerse de las miradas ajenas.
No estaba desnuda de ropa, sino de excusas. Desnuda de expectativas heredadas. Desnuda de la necesidad de agradar a todos.
Y al sentirse así, vulnerable y expuesta, creyó por un instante que el mundo la juzgaría. Sin embargo, nada ocurrió. Los árboles siguieron balanceándose. Los pájaros continuaron cantando. El cielo permaneció inmenso e indiferente.
Comprendió entonces que el verdadero miedo nunca había sido mostrarse tal como era, sino descubrir que no necesitaba esconderse.
Sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo, caminó hacia el día sin armaduras. Y aunque el viento parecía atravesarla, no sintió frío. Sintió libertad. Porque había aprendido que la madurez no consiste en conservar lo que fuimos, sino en aceptar con ternura lo que somos cuando ya no queda nada que demostrar.

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