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sábado, 24 de enero de 2026

No quiero oírte

Edvard Munch , 1899, Døden og barnet
 

Este mes en Relatos Conjuntos la propuesta es:        

        La muerte y la criatura


La niña se alza en el centro de la estancia como un brote desorientado, con las manos aferradas a su cráneo, intentando contener un estruendo que no proviene del aire, sino del tiempo. Sus ojos, dos lagos de azogue, reflejan la irrupción de lo irreparable. El mundo ha aprendido a morir en silencio, y ese silencio es un animal que le muerde por dentro.

Tras ella, la figura inerte reposa sobre el lecho como una barca varada en la última marea. El rostro, cerúleo y translúcido, parece esculpido en cera lunar; los párpados, clausurados para siempre, guardan todo lo que la vida no supo pronunciar. La Muerte no se muestra como hoz ni sombra, sino como una quietud absoluta, una densidad de aire que vuelve torpes los latidos.

El suelo arde en ocres febriles, como si la tierra tuviera fiebre. Las paredes ondulan, víctimas de una respiración ajena, y todo el cuarto se curva en una ligera náusea cósmica. La niña, criatura del umbral, percibe que el universo acaba de fisurarse: algo se ha desprendido del orden y cae, cae sin sonido, hacia un pozo sin nombre.

No es el grito lo que intenta sofocar, sino la revelación: que el amor también se descompone, que los cuerpos son arcilla prestada, que la ausencia tiene peso, temperatura y color. Y en ese gesto de cubrirse los oídos, como quien intenta detener un eclipse, queda suspendida la primera conciencia del abismo: la infancia enfrentada a la Muerte, mirándola sorprendida.

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