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miércoles, 1 de septiembre de 2021

VadeReto "Un viaje inesperado"



Un viaje inesperado 

 

El tiempo que estuve en la terminal a la espera de embarcar rumbo a París, se hizo interminable. Una pareja con un par de críos chillones y malcriados no dejaban de armar barullo. Terminé con un fuerte dolor de cabeza terrible. Cuando la azafata mencionó que ya era hora de embarcar, sentí un gran descanso. 

Apenas llevaba unos minutos a bordo, cuando una despampanante pelirroja, se sentó a mi lado, (tenía una larga melena y unos ojos color azabache que traspasaban) asomó un nudo en el estómago dejándome atónito. Me miró y sonrió descaradamente. No me gustó. Fue como si se riese de mí. 

Por fin, todos subieron al avión y despegó. El vientre de la mujer, se veía algo abultado, como si estuviera embarazada. Llevaba una gargantilla en el cuello de diamantes que te obligaba a perderte entre sus senos. Era como un reclamo que logró despertar mi apetito masculino. 

De pronto me vi, regalándole pulseras de jade, anillos de oro y una interminable fila de regalos. El avión pasó por varios baches dando una fuerte sacudida, provocando que ella al asustarse, se abrazase a mí. La fragancia que desprendía embaucaba. El desenfreno se apoderó de mí, moría por besarla. Le hablé de mí, de lo que creía sentir por ella (un flechazo) y de que ya no podría respirar si al menos no me permitía conocerla. Ella me miró con asombro. Se echó a reír, lo cual me molestó. Creí que sus próximas palabras serían como una despedida, ya que aparentaba ser una mujer frívola y distante, pero al escucharla tuve la certeza de que no era un ultimátum, sino una esperanza. 

—¿Parece mentira que a sus años, que aunque aún es joven, pues la madurez creo que está presente en su cabeza, sea capaz de creer en cupido? Es usted como el dios del deseo amoroso; cuyo hijo de la diosa del amor, la belleza y la fertilidad, es su equivalente. 

—Perdone, ¿esta usted comparándome, o riéndose de mí? 

—¡No por dios! Esto es muy serio. Apenas nos conocemos y usted me habla como si estuviera completamente enamorado de mí. ¡Por favor! Que somos adultos y por si no se dio cuenta, estoy embarazada. 

Me sorprendí ante tal afirmación. Mi rostro cambió de color y palideció. 

—Verá —prosiguió la mujer—solo hace unos días que quedé viuda y en estado de buena esperanza, y viajo a casa de mis padres, amaba a mi esposo por lo que no pienso en rehacer mi vida con una nueva relación. Quizás le he confundido al yo sonreírle en el momento en que me sentaba. Le pido disculpas, fue cortesía. 

La lógica apareció en mi mente, pero seguía sin tener muy clara su respuesta, por otra parte, sí me había enamorado de una desconocida y no podía evitar todo lo que sentía. Movió su flequillo de una manera tan delicada que me hizo estremecer. (Que tenía aquella mujer que tanto me descolocaba). 

Una sensación de vacío se abrió camino en mis pensamientos. Con dificultad logré decir:

—No sé cómo explicarlo. Pero si me da una oportunidad le juro que no se arrepentirá. Puedo ser el padre del bebé, como si fuese mi propio hijo. 

Ella me observó en silencio durante un largo rato que se hizo interminable, suspiró y añadió:

—Me llamo Mery y voy a París. Puedo presentarle a mis padres, incluso dejarle que me conozca; brindarle mi amistad, pero no puedo asegure nada más. Amaba a mi esposo. 

Sus palabras fueron una jarra de agua fría, pero con esperanza. Estaba decidido y asumiría el reto de conseguir su amor. 

—Me llamo Peter y será un placer conocer a sus padres y ser su más fiel amigo. Lo demás, ya se verá. 

Ella asintió con un gesto de cabeza. 

El resto del vuelo, fue confortable y más llevadero. Estuvimos todo el tiempo contándonos cosas de nuestra respectiva vida para conocernos mejor. Resultó ser una mujer culta y muy inteligente, con una mentalidad abierta para la época. 

Tras llegar a destino, nos separamos y quedamos en casa de sus padres para cenar. Resultaron ser  unas personas amables y al igual que ella de una cultura exquisita. Después de aquella noche, nos veíamos a diario hasta que nació el bebé. Era una niña preciosa a la que llamó Cassandra. Pero lo que no imaginé fue que justo el día en que le daban el alta hospitalaria me dijera que se había enamorado de mí y que deseaba ser mi esposa. Fue maravilloso. Nos casamos enseguida y hoy, quince meses después, tenemos la parejita; una niña y un precioso niño con los ojos tan profundos como los de su madre. Nunca olvidaré aquel vuelo en el que la vi por primera vez. 

 

 



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