Sara, llegaba algo tarde a casa de sus padres para celebrar la Navidad, esa fecha era sagrada para la familia y tanto ella como su hermano lo cumplían cada año. Este era especial porque su cuñada Rub esperaba un bebé. Al llegar a la puerta le extrañó no oír villancicos ni voces. Nada más entrar se quedó helada, y el corazón empezó a latir con fuerza; las escaleras de acceso a la planta superior estaban llenas de sangre. Aterrorizada y temiendo lo peor se dirigió al salón; la imagen fue dantesca. Se le heló la sangre.
La mesa con su mantel navideño, las velas decoradas con muérdago, los platos y copas con ribete dorado. Todo; aparecía lleno de sangre, la mesa revuelta, las sillas caídas y varias copas rotas, como si hubiese habido una batalla campal. Corrió al teléfono para llamar al sheriff pero nadie contestó. Entonces se fijo en un reguero de sangre que llegaba hasta la puerta de la cocina que daba a la parte de atrás. Soltó el bolso, corrió escaleras arriba se puso unos banqueros y unas bambas, cogió una linterna y el cuchillo más grande que tenía su madre en la cocina con el que cortaba el pavo, y salió siguiendo el reguero de sangre. Rogó para llegar a tiempo y que su familia estuviera ilesa. El reguero de sangre, la llevó hasta la profundidad del bosque. Justo hasta la entrada de lo que parecía una cueva. Aterrada esperó a ver si oía algún ruido. Sólo silencio y el sonido de algún búho cercano. Decidida entró en la cueva que parecía tener una única dirección, temblando con la mano donde llevaba el cuchillo hacia adelante en forma defensiva, siguió el rastro hasta una zona donde una anchura grande dejaba sitio para dejar lo que sus ojos no esperaban ver. Allí en medio de la concavidad más ancha de la cueva encontró una decena de cuerpos mutilados entre el resto de amasijo de huesos que estaban esparcidos por la cueva. Se puso la mano en la boca para no gritar, no sabía qué había echo semejante aberración y si estaría cerca. Por un instante se quedó bloqueada, como si los cuerpos fuesen pinturas abstractas de Dali. Oyó un ruido que parecía acercarse, busco refugio en un recoveco entre un par de rocas y se acurrucó en forma fetal temblando de miedo. Pensó en cómo podría salir de allí, por donde entró esa cosa la descubriría. No podía volver atrás. Atisbó por un resquicio de la roca y casi se le escapó un grito al ver aquella cosa amorfa con grandes pies y enormes garras, devorar el brazo de un cadáver. Después de olfatear varios huesos volvió a irse.
Pensó que era el momento de salir de allí y se deslizó con sigilo para no hacer ruido. Buscó y encontró un pasadizo lateral. A penas había recorrido 30 metros vislumbró claridad y aceleró el paso, tenía que salir antes que la noche se le echase encima, de pronto tropezó y casi se da de bruces contra la roca que sobre salía de la pared de la cueva. Oyó un leve quejido. Nerviosa miró a todas partes apuntando con la linterna sin éxito. Otra vez el gemido. Temblorosa volvió a apuntar con la linterna y nada. Al darse la vuelta para salir de allí casi tropieza con su cuñada que estaba malherida. Se arrastró hasta ahí intentando escapar, pero las fuerzas la vencieron.
—¡Rub! Dios mío ¿pero que ha pasado?—preguntó bajando mucho la voz.
Rub, apenas podía hablar.
—Llegó cuando hacíamos los últimos preparativos para comer mientras venías. No pudimos hacer nada, en un instante todo eran gritos, sangre; recuerdo ver a esa cosa como cogia a tu madre—empezó a llorar—creo que vi como mataba a Berni.
—No, mi hermano, no. Mis padres. ¿Dónde están?
—No lo sé, creo que perdí el conocimiento y desperté aquí. Me pareció oír algo y como pude me arrastré hasta aquí y volví a perder el conocimiento agotada por las heridas. No tiene uñas, son garras—explicó aterrada—tenemos que lograr salir de aquí y llamar al sheriff.
—Ya lo hice y nadie respondió. Vamos, agárrate a mi, saldremos de aquí.
Se dirigieron a la claridad que alcanzaban a ver, con gran dificultad a causa de las heridas de Rub. Cuando por fin llegaron volvieron a oír como un aullido o algo que parecía a un gruñido. Se pararon, el pánico empezó a ahumentarles. Al rato otra vez silencio. Entonces escalaron sujetandose con fuerza a las rocas y lograron salir de la cueva. En plena oscuridad para no hacer ruido, andaron despacio entre la arboleda llevándose más de un rasguño al ser noche cerrada. Fueron directamente a casa del párroco que les abrió la puerta y se quedó conmocionado al oír la historia.
—Tengo que volver padre—dijo Sara—y si mis padres y mi hermano estuviesen vivos, a lo mejor los tiene en otro sitio de la cueva, tengo que ir.
—Hija—respondió el sacerdote—es muy arriesgado. Podrías morir tu también. Espera que localicemos al sheriff.
—No puedo padre,—añadió y se marchó.
Nunca más se supo de ella. Imaginaron que aquella cosa la mató. Ni de aquel ser demoníaco. Rub tuvo su bebé y durante años no celebró la Navidad. Logró que una partida de hombres y el sheriff fuesen a la cueva; pero ni rastro de aquella cosa ni de cuerpos o restos. Jamás supieron que pasó con los cadáveres.
Lo que ignoraban, es que Sara tras enterrar los cuerpos destrozados, se propuso cazar aquel ser. Cuando ella volvió a la cueva esa cosa ya no estaba, pero no descansaria, hasta vengar la muerte de su familia. Durante años, siguió su rastro de sangre y muerte, hasta lograr anticiparse a la criatura diabólica. Se preparó con varios rifles, un cinturón al rededor del cuerpo con dinámita; al ver su sombra en la oscuridad dirigirse hacia la casa de una familia en vísperas navideñas, lo siguió y con su rifle de cartuchos recortados lo hirió, remetándolo con la dinámita.
Cuando volvió a su pueblo después de quince años, al abrir la puerta Rub casi se desmaya. Se abrazó a ella llorando y entre balbuceos le explicó que la habían dado por muerta. Sara a su vez le contó su peregrinaje hasta conseguir dar con la bestia y matarla.
—Ahora puedo descansar en paz—anunció Sara.
Se escuchó la puerta.
—Este es tu sobrino Bersi, Sara.
—¡Dios mío, es igual que mi hermano!
—¿Tia Sara?—pronunció el joven que ya tenía casi quince años.
Los tres se abrazaron llorando y recordando siempre a la familia fallecida sin festejar ni una sola Navidad durante el resto de sus vidas.

M antel navideño.
ResponderEliminarA morfa cosa con enormes garras.
S araaaa.
A brázame.
C cuando llegó
R ub casi se desmaya.
E sto es todo.... por ahora.
Bello acrónimo dejas en mi blog Manuel. Magnífica huella. Gracias. 🤗🤗
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