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domingo, 3 de enero de 2021

La Herencia





El inconfundible aroma de la lluvia, me trasporta en el tiempo hasta la casa de campo de veraneo de mis padres en plena montaña. Que aroma a hierba fresca es el que produce la lluvia al caer en la tierra seca. El olor del petricor se aprecia después de largos períodos de sequía; pero cuando la lluvia provoca la salida del arcoiris el matiz de sus colores cuya tonalidad luminosa, alegra la vista y forja la mirada acendrada.

La aromatización se percibe como si fuera el sudor de algunas plantas, y se parece al suave el aroma de las almendras. Es un mundo fascinante de olores y aromas puro. El viento en las tardes asoma y en las mañanas arrecia y el sol cuando sale al amanecer es reconfortable, a medio día agobiante y hasta el crepúsculo soportable. El trinar de los pájaros que anidan sobre los árboles con los primeros rayos del sol alivian el alma; un sonido que encandila los despertares.

Al anochecer se puede oír el sonido de un búho en alguna rama de un árbol cercano; una ardilla saltar de árbol en árbol recorriendo sus ramas. Pero es un sonido y una paz sosegada que llegas a creer que el mundo es hermoso, cuando en realidad la belleza está en la montaña y el bosque, y en la urbe el mundanal ruido y la maldad de las personas. ¡Como añoro aquellos años!

Al fallecer mi padre y posteriormente mi madre, mi hermano me obligó a vender la casa; yo, jamás la hubiera vendido, pero mi padre tuvo el fallo de dejar en el testamento a mi hermano que es mayor que yo, la potestad para decidir la venta. Y a él, sólo le importaba el dinero.



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