#LetraSyFrases
Recorrí el camino y tomé el sendero que terminaba justo al lado del centenario roble. Me senté bajo su sombra con mi libro en la mano. Qué reconfortante era el lugar. Los pájaros trinaban y el silencio me rodeaba. Cada mañana, andaba hasta allí como un ritual.
Algo después, en el gimnasio conocí a Víctor, un tipo excéntrico y entusiasta que me habló de su proyecto para un nuevo museo. Su mayor atractivo sería la momia de Tutankamón, “la joya que atraerá multitudes”, decía con un brillo extraño en los ojos. Él sería el director, claro, aunque aquel día no pasó bajo el muérdago del pasillo y, como si fuera un presagio, el molde pintado con esmalte de la maqueta del museo se partió en dos.
Yo lo tomé como una señal, aunque Víctor se empeñaba en llamarlo “accidente técnico”. No fue culpa del buscametales, ni de la sortija encontrada —que llegué a creer una reliquia—. Tampoco del azar. En realidad, todo se torció por la función de cumbia anunciada por red móvil: la gente no fue leal al evento de presentación, y el fallo me estalló en toda la frente. Escarmenté bien: de los errores también se construyen museos invisibles.
Al día siguiente, buscando olvidar el desastre, fui al mar. Me lancé al agua con la torpeza de quien arrastra pensamientos demasiado pesados. Debí contener la respiración y mantener la calma para resistir la gran ola que rasgó la tela de mi vestido y me arrastró hasta la orilla. Como si fuera poco, la espina de un erizo de mar se clavó en mi tobillo. Se infectó y me dolió, pero al final tuve tema de conversación para toda la semana.
Así entendí que los proyectos, como las olas, pueden partirse en dos, arrastrarte y dejarte una herida. Pero también enseñan: tras el dolor, queda la risa, la historia y, con suerte, un propósito más claro para volver a empezar.

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