Cuando tú no estabas
Supliqué a la luna, que observaba altiva y orgullosa que la tormenta que se avecinaba se retrasase el tiempo suficiente para que Pol llegase de la ciudad. Decidimos vivir en plena montaña huyendo del mundanal ruido de la circulación, el claxon de los coches y el ritmo tan acelerado que evidencia a un día en Clewiston. Pero se nos terminaron algunas provisiones y el teléfono no funcionaba, así que no hubo más remedio que Pol fuese a la ciudad.
Escuché un gran estruendo que me preocupó, no parecía un relampago, ni llovía todavía. Volví a oírlo aún más cerca. Rodeé la cabaña y me pareció ver un leve movimiento entre unos arbustos cercanos a los árboles. Algo asustada, pero con valentía me acerqué; un pequeño ser que no parecía de este mundo se comía un conejo a bocados como si llevara muchos días sin comer. Al notar mi presencia, se giró con rápidez a la defensiva. Me quedé boquiabierta, inmóvil. El extraño ser se acercó a mi, olfateó mis piernas y se acurrucó sobre ellas.
Me agaché y lo acaricié; él se dejó. Con reticencia lo cogí en brazos, y se durmió durante el corto trayecto hasta la cabaña.
Me senté en mi butaca preferida, preguntándome que diría Pol al ver el extraño ser.

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