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jueves, 12 de enero de 2012

La entrometída


-¿Qué se siente? –Me preguntó, con la mirada perdida en algún punto lejano.-
-¿Se puedes saber qué te pasa? ¿A qué viene esa pregunta? –contesté, algo irritado.-
Se encogió de hombros, y fijó su mirada en mí.
-Sólo tú puedes responderme ¿somos amigos no?
- ¡Y cómo demonios quieres que te lo explique! Cada hombre lo siente de manera distinta. No se puede explicar, hay que vivirlo para sentirlo. – El tono de mi voz fue algo brusco, me estaba alterando debido a su insistencia.-
-Jamás podré ser un hombre normal. Nunca sabré que se siente. Soy un monstruo.
-Ya está bien.-dije, intentando calmarme-Tú caso es algo insólito no lo niego, pero te aseguro que muchas mujeres quisieran tener eso entre las piernas.
- No me tomes el pelo. Esto és horrible.
-Ese horror como tú le llamas de casi veinte ocho centímetros, volvería loca a más de una mujer. Dejemos ya el tema y está noche nos vamos a algún club de alterne, y sabrás lo que se siente de una vez. ¡Que tienes veintiséis años, porras!
-No pienso pagar para saber lo que se siente, antes me hago cura.
-Pues mal camino no llevas, no. –Dije cortando la conversación en seco y girándome hacia mi mesa de trabajo.-
Creí que por fin me dejaría trabajar, cuando escuché la voz de una mujer, que provenía del pasillo de la oficina.
-¿Veintiocho centímetros? ¡Santo dios! -Vociferó la mujer de la limpieza, que había escuchado la conversación.-
-Si tuviera veinte años menos, te iba a enseñar cuatro cositas.-dijo entre risas-
Alfredo se puso rojo avergonzado, se giró hacía su escritorio y no volvió a hablar el resto de la tarde. La mujer de la limpieza se quedó un instante observándole, se encogió de hombros y siguió con su tarea.
-¡Por fin, vuelve el silencio! -replicó Javier, mientras continuaba con su trabajo.-