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martes, 4 de octubre de 2011

EL SILENCIO

Los peldaños de la escalera de acceso a la entrada de la iglesia, parecían no tener fin. Claudia subía despacio debido a la dificultad que tenía con su pierna derecha, tras la caída sufrida hacía tan solo seis meses. Una caída desafortunada, al bajar del altar de la capilla. Ironías del destino. Había subido a ponerle unas velas a la virgen, en memoria de su esposo Javier, y al bajar dio un pequeño tras pies.
Pero a pesar de todo tuvo suerte y solo se rompió el menisco. Su rodilla, había quedado resentida, y le costaba mucho subir escaleras. Tan solo deseaba rezar y rogarle a dios, que se encontrase pronto con su amado esposo, fallecido un año atrás. Cuando por fin termino de subir las escaleras, entro a la iglesia y se sentó en uno de sus bancos de madera. Descanso unos minutos, unió sus manos y se puso a rezar.
Sin darse cuenta, los recuerdos empezaron a irrumpir en su mente…
Se acordó como poco a poco, los jóvenes se fueron marchando del pueblo a la ciudad, en busca de prosperidad y trabajo. Los años pasaron rápido, la escuela se fue quedando sin niños, la plaza del pueblo sin madres que se sentaran en sus bancos mientras los niños jugaban y disfrutaban correteando por sus calles. La fuente de la plaza, se fue secando y el silencio, fue apoderándose poco a poco del pueblo. Apenas quedaban diez vecinos en el, que como ella no tenían a nadie más. Diez vecinos incapaces de vivir fuera del pueblo que les vio nacer.
No era justo… ¿Por qué se fueron? ¿Por qué dejaron que su pueblo, quedara atrapado en el olvido, en el silencio? ¿Por qué? Se repetía Claudia.
Mientras Javier vivía, había podido sobrellevarlo, pero desde qué falleció, ya nada tenía sentido para ella, no tuvieron hijos y estaba sola, solo había silencio a su alrededor y no podía soportarlo. Él porqué las personas se marchaban a la ciudad, llena de bullicio y contaminación, y cambiaban el aire puro y sano del pueblo por el aire enrarecido de la ciudad era inconcebible para ella. El sonido de las sirenas continuas, el claxon de los coches, el ritmo acelerado de la ciudad, ¡no! esa clase de vida, no estaba hecha para ella. Era insoportable, el silencio que había en el pueblo. Cuando al atardecer se sentaba en uno de los bancos de la plaza del, no podía evitar que su mirada se fijase en la fuente, esa fuente seca… vacía…
Por un momento volvió a la realidad y siguió con sus rezos, pero esta vez con más ímpetu. Claudia era incapaz de acabar con su vida, y no era una mujer cobarde, pero se sentía cansada, desolada por ese horrible silencio, que se había apoderado del pueblo.
De pronto se puso de pie y alzando la voz se dirigió a la imagen que tenía delante…
-¡Tú me lo diste todo, tú me lo quitaste todo! Ahora tienes que llevarme contigo, o te maldeciré dia tras dia…
Claudia enmudeció, como si esperase una respuesta, pero no estaba arrepentida, no podía aguantar por más tiempo, el silencio que se había adueñado de su pueblo. Cansada, dio un fuerte suspiro y se sentó de nuevo.
Se poyo sobre el respaldo del banco y se dispuso a continuar con sus rezos. Tras un breve descanso, cruzó las manos y cerro de nuevo los ojos. Ni si quiera se dio cuenta, que le invadía un agradable sueño, un sueño… que por fin sería eterno.

FIN