Está semana Demiurgo nos propone:
Antagonistas
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En la sala donde el vidrio llora, Saga entra sin temblor, aunque tiembla el aire. Las grietas murmuran nombres y el miedo, antiguo amante, le sigue los pasos.
—Tan valiente, niña rota —dice Hannah, brotando del espejo como flor venenosa—. Tu maestro no está. Aquí mando yo.
Pero Saga no habla. Cierra los ojos. Respira. Y deja caer sus sombras al suelo como lluvia. De ellas nacen espectros: una madre que grita, una cuna vacía, y un espejo sin reflejo.
—¿Qué haces? —sisea Hannah, a la vez que retrocede.
Su poder se agita como un fuego sin aire.
—No vine a vencerte —dice Saga—. Vine a abrazar lo que temí. Y mostrarte lo que temes tú.
—¿Y qué es lo que temo?
— La pérdida del control sobre tu identidad. Ser un susurro, no una voz.
Ser vista sin ser temida. No tener rostro propio. En realidad no eres nadie sin el miedo ajeno que te alimenta. Solo te sostienes por el poder del reflejo.
Las sombras rodean a Hannah, le susurran en lenguas que sangran, le devuelven su imagen: la de una reina sin corona, una esposa sin alianza, una mujer sin rostro propio.
Los espejos tiemblan. Uno a uno, se cierran. El miedo cambia de jaula. Saga se va sin mirar atrás. Detrás de ella, una risa se quiebra. O tal vez, un llanto.
Y en el umbral del cristal sosegado, donde el sonido es pacto y destino, Saga deja su sombra como ofrenda, y camina, ligera, sola, viva, hacia un mundo donde el miedo ya no dicta el camino.
