Campirela nos hace esta semana la siguiente propuesta:
"Escribir un relato inspirado en un juego de verano que recuerdes, que imagines o que reinventes.
Puede ser real, inventado, mágico, tierno, divertido, nostálgico o travieso en el buen sentido. Lo que te pida el cuerpo.
Espero que recordemos aquellos juegos donde la calle se convertía en el mejor escenario del más preciado teatro.
Las normas siguen siendo las mismas: a ser posible, no extenderse más de 350 palabras y compartir los comentarios con las visitas a todos los participantes."
Las tardes de verano empezaban cuando los mayores cerraban las persianas para escapar del calor y nosotros salíamos disparados a la calle como si nos hubieran dado cuerda. No hacían falta móviles, relojes ni mensajes. Bastaba con que apareciera el primero para que, como por arte de magia, fueran llegando los demás.
Para nosotros el rey de todos los juegos era el pilla-pilla, aunque la auténtica emoción llegaba cuando alguien proponía jugar a la botella. Se dejaba una botella vacía en medio de la calle y el que la ligaba debía vigilarla mientras los demás nos escondíamos. Si conseguías salir de tu escondite y darle una patada antes de que te atraparan, la botella salía rodando calle abajo y el pobre perseguidor tenía que ir a buscarla mientras todos gritábamos, reíamos y cambiábamos de escondite. Aquello era el equivalente infantil a organizar el caos con un reglamento improvisado.
Lo curioso es que nunca ganábamos nada. No había medallas, ni puntos, ni fotografías para presumir al día siguiente. Sin embargo, regresábamos a casa con las rodillas llenas de polvo, alguna rozadura en los codos y una sonrisa tan grande que parecía imposible que cupiera por la puerta.
Hoy las calles están más silenciosas y las botellas permanecen donde las dejan, sin que nadie las convierta en el centro del universo. A veces pienso que no echo de menos aquellos juegos porque fueran mejores, sino porque durante unas horas nos hacían creer que el barrio entero formaba parte de nuestra gran familia y que la única preocupación importante era correr lo bastante rápido.
"Dicen que no se puede volver a la infancia, pero basta un recuerdo para recorrer de nuevo aquellas calles donde una tarde parecía durar una eternidad."
¿Crees que los niños de hoy se están perdiendo algo?

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