La mujer levanta la vista hacia la luna, suspendida en lo alto como un retoño que nadie logra descifrar del todo. La contempla y piensa que, en su luz, caben todas las preguntas que nunca se atrevió a pronunciar. Se pregunta si otras mujeres, en otros lugares, habrán mirado este mismo círculo de calma buscando consuelo, o tal vez la fuerza para dar un paso distinto.
Envuelve el resplandor suavemente, como una caricia que no juzga, y entonces descubre en sí una certeza inesperada: si la luna ha sabido resistir siglos de sombras y ausencias, también ella puede sostener sus propios ciclos. Bajo esa claridad plateada, lo imposible parece un poco más cercano.

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