Hacía frío en el bosque al atardecer. Peter no venía, y con cada instante que pasaba se derrumbaba de un plumazo la ilusión de verlo otra vez. La melancolía invadió mis pensamientos; parecía que hadas y elfos lloraban por mí. Sin embargo, en su propia fantasía, vi luces en la lejanía: pequeñas chispas de esperanza que despertaban mi imaginación, como luciérnagas danzando entre los árboles.
Años atrás había perdido la ilusión, pero aquella visión ante mis ojos devolvió algo más que un instante de belleza: me recordó que el amor, aunque a veces escondido entre la melancolía y el frío, siempre podía renacer. Y en ese crepúsculo tibio y silencioso, decidí crear de nuevo, abrir mi corazón y no olvidarme nunca de amar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario