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lunes, 28 de diciembre de 2020

El sacrilegio





Me pareció un sacrilegio que el servicio de reciclaje estuviera cerrado aquel día. Caminaba con el músculo del vientre vasto, que parecía casi preñado, cuando la lugareña de Marcela me contó que su marido se había aglutinado en la iglesia con una escopeta. ¡Menudo lío se armó!

Al despertar, un grito me sobresaltó: era la vecina, de cuya sartén salía fuego. Se había quemado el aceite. Hice de valiente y corrí en su ayuda, le eché un paño mojado y apagamos las llamas; no podía creer mi rápida reacción. La mujer, agradecida, me regaló un portátil, como si aquel incidente de cocina fuera un rito de gratitud.

En la cocina, poco después, tuve otra aparición: un cuadro estilo barroco que siempre admiré apareció ante mis ojos, y sentí un fuerte mareo, causado por la inhalación del gas que había dejado abierto por error. Tomé leche y una manzana para recomponerme. Justo entonces, un agente tocó al timbre, y una libélula se cruzó frente a mi nariz, como un guiño absurdo de la vida.

Ese día comprendí que los sacrilegios no siempre se dan en templos sagrados; a veces se esconden en los recovecos de lo cotidiano, entre aceite quemado, cuadros barrocos y libélulas que se cruzan en el momento menos esperado.


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