Ese fin de año era distinto. Las mesas estaban separadas de seis en seis, a dos metros de distancia; sobre cada una, un bote de alcohol hidrolizado; cada comensal, con mascarilla. Hasta el último día, aquel maldito año se hacía odiar. Y sin embargo, la esperanza seguía intacta.
En el restaurante el ambiente era triste. Algunos querían brindar por el terrible año que se iba, otros no podían hacerlo porque pensaban en quienes ya no estaban. El silencio pesaba más que las copas levantadas. Entonces, de repente, un crío se levantó y empezó a cantar un villancico. Al principio tímido, casi en susurros, pero poco a poco su voz se llenó de fuerza. Y sin pensarlo, todos hicimos coro.
Por un momento, las máscaras y la distancia se disolvieron en la música. Cada nota parecía curar las heridas del año, y por primera vez en meses, los ojos se encontraron sin miedo, las manos se levantaron en brindis imaginarios y los corazones se acercaron más de lo que la distancia permitía. Esa noche comprendimos que la esperanza no estaba en los planes perfectos ni en las promesas, sino en la capacidad de cantar juntos, aun cuando todo parecía perdido.

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