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jueves, 31 de diciembre de 2020

El profesor





El célebre profesor, escuálido y piltrafa, había ocultado la tarjeta escolar adrede con la única idea de colarse en el gimnasio y dormir una siesta bajo un viejo cobertor. Lo que no calculó fue que cada peldaño que debía subir era una prueba demasiado dura para su prominente barriga, que protestaba como un tambor desafinado.

Cuando por fin llegó arriba, agotado y sudoroso, pensó que una siesta lo curaría de todo. Pero la realidad se empeñó en contradecirlo. Al día siguiente debía viajar, y en el aeropuerto se encontró buscando desesperadamente dónde ponía chance en los letreros de embarque. Por suerte lo halló, justo a tiempo para hacerse una foto absurda con su gato, que viajaba dentro de una bolsa acolchada.

Sin embargo, el destino —ese bromista incansable— no lo dejó en paz. El maldito equilibrio del profesor, siempre precario, lo fastidió todo. En la zona de equipajes una maleta empezó a arder y, en cuestión de minutos, el aeropuerto entero fue evacuado bajo la sospecha de una bomba.

Así, entre gimnasios frustrados, siestas fallidas, gatos viajeros y maletas incendiadas, el profesor seguía arrastrando su barriga y su fama dudosa. Nadie sabía si era un genio incomprendido o simplemente un hombre al que las desgracias perseguían con puntualidad matemática.



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