Aquel invierno, Lucía decidió que no podía seguir viviendo en piloto automático. Cada día se levantaba, iba al trabajo, regresaba cansada y dejaba que las horas se le escaparan sin dejar huella. Una tarde, al mirar por la ventana de su pequeño apartamento, comprendió que lo que le faltaba no era tiempo, sino propósito.
Durante días, la palabra quedó rondando en su cabeza como un eco obstinado. “Propósito”, murmuraba al preparar café, al caminar hacia la oficina, al apagar la luz por la noche. Le parecía una palabra grande, demasiado solemne para alguien tan común como ella. Sin embargo, empezó a sospechar que no era un destino grandioso lo que buscaba, sino un hilo invisible que diera sentido a sus pasos.
Así, decidió empezar por lo pequeño: aprender a tocar el piano que llevaba años acumulando polvo, visitar a su abuela cada semana, escribir una página al día en un cuaderno gastado. Al principio le parecía un esfuerzo inútil, como si el mundo siguiera girando sin notar su empeño. Pero poco a poco, esas pequeñas acciones se convirtieron en anclas que la sostenían.
Con el paso de los meses, descubrió que el propósito no era una meta brillante en el horizonte, sino la luz discreta que se encendía en medio de la rutina. Estaba en las notas desafinadas que la hacían reír, en las historias de juventud que su abuela repetía con ojos brillantes, en las páginas torpes pero sinceras que iban llenando su cuaderno.
Cuando llegó la primavera, Lucía comprendió que no era ella quien había encontrado un propósito, sino que el propósito la había encontrado a ella en cada gesto simple, en cada instante vivido con conciencia. Y entonces supo que no se trataba de alcanzar algo extraordinario, sino de aprender a estar presente, como quien escucha el murmullo del río y entiende que su fluir es, en sí mismo, la razón de ser.

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