Ni te lamentes,
ni llores,
aunque el viento arrastre tus suspiros
y la sombra se instale en tu pecho.
La vida es efímera,
como la bruma que se disuelve al amanecer,
y el amor también,
un instante que quema y se desvanece,
dejando cenizas dulces en la memoria.
Vuelve al Edén,
a ese refugio de quietud y luz,
donde el tiempo no hiere,
y el alma descansa,
libre de cadenas y de nostalgias.
Recuerda los jardines antiguos,
los aromas perdidos,
el canto que alguna vez llenó el aire,
y camina despacio,
porque incluso en la despedida
hay una paz que aguarda,
una promesa de renacer
en la eternidad de lo simple.

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