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miércoles, 2 de septiembre de 2020

En las Catacumbas de París. Relatos





Perdida en las catacumbas de París, la oscuridad no era simplemente ausencia de luz: era un manto opresivo que se pegaba a mi piel, pegajoso y húmedo, como si respirara conmigo. El aire estaba cargado de polvo y humedad, con un hedor penetrante a tierra vieja y a descomposición que quemaba mis pulmones con cada respiración. Cada paso resonaba como un golpe seco y profundo contra los muros de piedra, y los ecos regresaban deformados, burlones, como si algo invisible se burlara de mi miedo.

Un arrastre metálico interrumpió el silencio, seco y raspante, arrastrando cadenas que hacían vibrar mis huesos. Mi corazón se aceleró hasta dolerme, y la adrenalina me empujó a correr, pero cada túnel parecía alargarse y retorcerse, girando sobre sí mismo, como si la propia arquitectura conspirara contra mí. Mis dedos rozaban las paredes, sintiendo la rugosidad húmeda, la viscosidad de algo que no era solo barro… algo vivo.

Los gritos llegaron entonces, desgarradores, mezclados con un siseo gutural que perforó mis tímpanos y me heló la sangre. Avancé temblando, arrastrando los pies, mientras un hedor más intenso me golpeaba: sangre fresca, hierro y algo indescriptiblemente pútrido. Y allí estaba: un ser demoníaco, encorvado, garras negras retorcidas como hierro ardiente, colmillos amarillentos que brillaban con un resplandor enfermizo, devorando a una mujer. La sangre goteaba sobre las piedras, chisporroteando en la humedad, y el monstruo levantó la cabeza. Sus ojos me atravesaron, pozos infinitos que absorbían luz, sonido y esperanza.

Intenté correr, pero los túneles parecían moverse a mi alrededor, retorciéndose, cerrándose, como si quisieran aplastarme. Cada sombra se alargaba hacia mí, cada eco de mis pasos se transformaba en un murmullo de advertencia. Sentí un golpe brutal en la espalda: las garras del demonio me atraparon con fuerza imposible. Mi piel se erizó, mis músculos temblaban y un frío intenso, casi tangible, me recorrió hasta los huesos. Intenté gritar, pero solo salió un gemido ahogado que se perdió en la negrura.

Mientras me arrastraba, sentí la textura viscosa del suelo húmedo en mis manos, el olor metálico de la sangre mezclándose con la tierra húmeda. La criatura respiraba cerca de mi oído; su aliento era un vapor helado, lleno de putrefacción y amenaza. Cada fibra de mi cuerpo gritaba por escapar, pero mi mente comenzó a flaquear: la oscuridad misma parecía susurrarme, apretándome, envolviéndome, recordándome que no había salida.

Todo se volvió un caos de sentidos: los muros goteaban líquido caliente, el suelo crujía bajo un peso invisible, un siseo constante me seguía en cada sombra. Mis ojos buscaban un refugio, pero la luz de mi linterna apenas tocaba la negrura; cada destello revelaba nuevas garras, nuevos ojos, nuevas bocas que desaparecían antes de que pudiera enfocarlas. La criatura estaba siempre detrás de mí, respirando, acechando, esperando el momento exacto.

Finalmente comprendí que no había escapatoria. La oscuridad no era solo ausencia de luz: era un ser vivo, un depredador paciente, hambriento de miedo, de desesperación. Y mientras sus garras se cerraban sobre mí, escuché mi propio corazón latir por última vez, mezclándose con los gritos, con el goteo de la sangre, con el eco infinito de un laberinto que nunca libera a sus víctimas. La negrura me envolvió, y en ella comprendí que ahora yo también era parte de ese abismo: un eco más, una víctima más que nadie escucharía jamás, atrapada para siempre en el horror de las catacumbas de París.



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