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martes, 30 de octubre de 2012

Especial Hallowen


Aquellas voces

Mientras introducía en el saco los fragmentos de sus víctimas, un malestar creciente iba apoderándose de él.

-Le habían obligado a obedecerles. Ellos tenían la culpa. Se decía murmurando para sus adentros sin cesar. Se acercó hacia su compañero inerte y sin perder tiempo, agarró el mango del hacha con las dos manos y comenzó a descuartizarlo. Con cuidado, recogió cada pedazo y los fue introduciendo en el saco.

Continuó sacando cuerpos del recinto para extenderlos en el suelo y despedazarlos con mayor comodidad. Se habían reído de él mientras cada noche le obligaban a soportar sus novatadas, cada vez más crueles, y ahora tenían su merecido. Nadie encontraría los cadáveres, ni la tumba; nadie sabría jamás qué había sucedido allí. Sonrió satisfecho al enterrar a la última de sus víctimas; una boba pelirroja que se pasó todo el tiempo lloriqueando, mientras la destripaba.

La  única sacrificada que estuvo donde no debía, fue una muchacha morena que se había pegado una gran juerga con uno de sus compañeros del club, y que cometió la estupidez de decir que su automóvil no arrancaba cuando debía marcharse.
Se había acercado sigilosamente al vehículo. Ella, no desconfió de él, ya que habían coincidido un par de veces en el club. Tras pedirle que saliera un instante del vehículo para contarle algo que debía saber, ella salió de inmediato y fue, en aquel momento, cuando la apuñaló frenéticamente hasta extinguir su vida. Después la desmembró, le abrió el estómago, y permaneció un rato observando sus órganos.

Lo había calculado todo para no dejarse coger.  Le juraron que después de matarlos a todos dejarían de increparle y podría vivir en paz. Pero no se iban, no se callaban. ¿Por qué no le dejaban en paz?

-Escuchó un sonido a lo lejos. -No, no puede ser, ¡cabrones! Aún no he terminado-. Gritó furioso.

Martín no se resignaba a que le cogieran. Había estado mucho tiempo planeándolo. Sabía que debía hacer y cómo tenía que hacerlo. Siempre se guardaba un as en la manga y ahora no iba a ser una excepción, no, si le cogían, las voces no se marcharían.
Se dirigió a la tumba que había preparado para él, clavó las rodillas al lado contiguo de su tumba y respiró profundamente. Sentía golpes internos de una furia incontrolable. El corazón le bombeaba  frenético. Creyó que ese momento llegaría mucho más tarde, pero los acontecimientos se habían precipitado.

Tanteó con ambas manos los huesos de su tórax, para localizarlos con más precisión. Convenía ser tan rápido como pudiese.  No podía dejar que le atraparan y volviesen a burlarse de él. No podía dejarse vencer por el pánico.  Hundió con fuerza los dedos por debajo de las costillas con escalpelo en mano, rajándose parte del tórax.

Un espantoso dolor se apoderó de él. Como un cuervo enloquecido, volcó la fuerza que le quedaba sobre su pecho; no sabía cuánto tiempo podría soportar tanto dolor sin desmayarse. Comenzó a gritar palabras impronunciables, atrapado por el dolor. El pecho se le abría dejando parte de sus vísceras al aire, y una imagen de horror penetró en su mente, invadiéndole una extraña pero confortable oscuridad.

Lo primero que vio al despertar fue la habitación blanca (acolchada) en que se encontraba, y de donde no volvería a salir jamás; o tal vez sí. Quizás todo fue un horrible sueño; o igual fueron las voces quienes lo incitaron a matar; o quién sabe, conseguía salir de aquel espacio tan extraño en el que se encontraba.

Pero entonces… ¿Por qué estaba encerrado? ¿Por qué tenía aquella enorme cicatriz en el vientre?

-¡No, otra vez no!- gritó agarrándose la cabeza con ambas manos en un acto de desesperación. Las voces habían regresado de nuevo irrumpiendo en su mente.