El frío húmedo del invierno calaba mis huesos. Eché una última mirada a la caja que me disponía a enterrar.
Qué irónica mueca la de su rostro.
—Lo hago a sangre fría, pero con cariño—murmuré.
Una extraña sensación de júbilo apareció en mi corazón al ver el cuerpo troceado de Alberto. Sus cien kilos de nada le sirvieron ante el hipnótico que le administré durante la cena que saboreó como un cerdo.
Me apresuré a enterrarlo y justo cuando regresaba al automóvil oí un ruido. Un cazador salió de entre los árboles. Me pregunté cuánto tiempo habría estado allí. Sonreí cómo si nada.
—¿Se ha perdido usted, señorita?
—Busco una cabaña que alquilé y que se supone estaba por aquí.
El hombre puso cara de intriga.
—Qué raro. Conozco la zona y no recuerdo que hubiese ninguna por aquí.
—Y podría usted llevarme al pueblo más cercano, ya volveré mañana a por mi automóvil.
—Por supuesto.
Subí a su coche y nada más arrancar hice como si estuviera mareada. El hombre paró y me dejó subir en el asiento de atrás para tumbarme. En cuanto empezó a conducir de nuevo, cogí la escopeta y le pegué un tiro reventando sus sesos sobre el asiento.
—Lo hago a sangre fría y me gusta cada vez más. —Susurré

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