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miércoles, 14 de octubre de 2020

Aquellas Voces

 

 


Relato publicado también en la web de la Sociedad de escritores y poetas. 


Sociedad de Poetas y rscritores


Los viajeros de la derrota emprendían la partida. El viento silbaba y los arboles desnudos de deslizaban. Un remolino de aullidos iniciaba la danza de la muerte. Sus pasos torpes y pesados atravesaban el lodo en un viaje sin retorno. La tarde declinaba y la noche asomaba refugiándose en el dolor de los caídos. La luna observaba tímida y altiva. De las raíces más profundas, surgieron manos que treparon por las venas de los condenados para desangrar su honor y tejer las espinas que arañaron sus almas. Murmullos silenciosos y quejidos de pánico untaron de agonía los oprimidos lamentos. Se aceleró el ritmo de los corazones sobre una sábana accidentada de sangre y horror, que despojándoles de toda dignidad alcanzó la podredumbre de la muerte y retozó sin más.

Pasaron meses. Juan logró escapar in extremis; se quedó inmóvil como si estuviese muerto para que no lo descubrieran. Pero las horas que permaneció en el silencio agónico, fue urdiendo su plan, y en cuanto se repuso siguió adelante preparando su venganza.

Se acercó hacia el combatiente inerte, agarró el mango del hacha con las dos manos y comenzó a descuartizarlo. Pedazo a pedazo fue introduciéndolo en el hoyo. No le importaba la matanza llevada a cabo, él logró sobrevivir y su plan pronto llegaría a su fin. Las voces de sus compañeros martillado en su cabeza cesarían por fin. Y ahora nunca encontrarán los cadáveres de sus asesinos, nadie salvo él sabría jamás lo sucedido. Sonrió al enterrar a la última de sus víctimas; una boba pelirroja, que disfrutaba torturando y que se pasó todo el tiempo lloriqueando hasta que la mató. Escuchó sirenas a lo lejos.

— ¡Cabrones! Aún no he terminado— gritó furioso. 


Si le cogían, las voces no se marcharía y su venganza no se consumaria. Se dirigió a la tumba que había preparado para él, y volcó la fuerza que le quedaba sobre su vientre. Comenzó a gritar de dolor y parte de sus vísceras quedaron al aire perdiendo la consciencia. 

 

Despertó en una habitación acolchada, de donde no volvería a salir jamás; o tal vez sí…

— ¡No, otra vez no!— gritó. 

Las voces de sus compatriotas habían regresado de nuevo, irrumpiendo en su mente.


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