¡Había una calma, extraña, ni un solo ruido! Escuché algo y puse más atención. ¿Qué...?
¡No puede ser! ¡Si es mi corazón, qué late con fuerza! Vi una luz. ¡Estaba soñando!
Me alegré al despertar. Y sonreí de felicidad.
A veces, recorrí caminos lejanos en un castillo de cristal que refleja el espejismo que los años se llevó como un vendaval.
Llegaba la noche, y tras ella un nuevo amanecer.
La poesía daba paso a nuevas letras, cogí una pluma y un papel y mi fantasía florecía entre piedras de algodón que adornaban el sol.
Los susurros se entrelazan en la larga cadena del eslabón sombrío que sale del corazón y escucha al cielo su convicción.
Duendes, hadas, elfos y luces
abren paso en las noches
que el alma precede al alba.
Las arrugas de mi rostro son profundas y ocultan las del corazón que, etéreas, alcanzan las nubes.
Un manto de estrellas recorre
el universo infinito.
Y perverso destapa el árbol
que te hace madurar.

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