Me levanté ese martes y reventé la báscula. Estaba hasta los huevos de trabajar doce horas diarias por un misero sueldo. Ahora, —me dije—que el jefe haga las Romanas que son las más complicadas. A ver si puede.
—Mario, ya has...
Le fulminé con la mirada y no, terminó la frase.

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