Relato escrito por los autores @Andres8342.y @misletrasnuria1
EL MANUSCRITO
Ernesto Bonilla era un escritor que vivía en una casa con desván a las afueras de la ciudad, de forma humilde, pero cada novela que escribía vendía varias ediciones.
Era un hombre que apenas se asociaba con la gente, aunque siempre estaba dispuesto a ayudar haciendo servicios sociales o en el banco de alimentos exceptuando los jueves.
Bonilla se subía cada jueves tarde al desván de su casa, a escribir unas páginas de su nueva novela, en un escritorio con una lámpara de gas.
Le encantaba escribir a mano y hacerlo parecido a los escritores clásicos utilizando pluma y tinta.
Cuando terminaba guardaba las nuevas páginas con las demás en un cajón con doble fondo que había en una vieja cómoda que allí tenía.
Pero un jueves cuando se dispuso a guardar lo que serían las últimas páginas de su novela, el resto habían desaparecido. Bonilla se desmayó durante un par de horas y después de maldecir a todo ser viviente quiso investigar quien robó su manuscrito.
Lo primero que le vino a la cabeza fue Ana, la señora de la limpieza, pero lo descarto, llevaba muchos años con él como para hacer una tontería así. Después pensó en Luis, un amigo que de vez en cuando quedaban para cenar, ver un partido de furbol y tomar unas cervezas, pero lo descartó también porque hacía un par de meses que no lo veía, le cambiaron el turno en el trabajo, de noche curraba y de día dormía. Solo pudo ser Alberto, pensó; ahora que recordaba, el tenía las llaves de su casa.
Condujo a toda velocidad hasta la casa de Alberto. Cuando fue a tocar el timbre vio que la puerta estaba entreabierta. La abrió del todo y llamó a su amigo; un silencio sepulcral le puso los pelos de punta. Volvió a llamarlo y nada, entonces entró y empezó a mirar por la casa. Todo parecía estar intacto hasta que llegó a su despacho; los papeles de encima del escritorio revueltos y algunos caídos al suelo. Los libros de las estanterías la mitad de ellos revueltos en el suelo. —está claro que buscaban algo—pensó. Siguió mirando y en la papelera encontró un papel con la dirección de una editorial rodeada por un círculo. Bonilla se puso tenso, qué extraño y coincidente a la vez le parecía todo. —Tendré que ir a ver esa editorial—se dijo.
Cuando ya se disponía a salir, le pareció oír un susurró o algo parecido. Se quedó inmóvil agudizando los sentidos. —Si, se digo Bonilla, es un ruido que viene como de la escalera— se acercó despacio pero atento, hasta que identificó el ruido debajo de un hueco de la escalera. Abrió la puerta y allí estaba Alberto, atado de pies y manos con la frente sangrando. Con la cabeza fue dando pequeños golpes contra la madera para que Bonilla los escuchase.
Cuando libró, a Alberto, de las ataduras, le contó que él le había robado el manuscrito porque le pareció tan bueno que iba a darle la sorpresa de que se lo publicasen. Contacto con la editorial y leyeron el manuscrito, les encantó; dijeron que íbamos a forrarnos. Cuando les pedí el manuscrito, me daban largas y al final mintiendo les dije que bueno que como era una copia podían quedarselo; pero esta mañana dos invididuos vinieron y tras darme una paliza, me encerraron ahí debajo. Les oía hablar y buscaban tu manuscrito. Por desgracia para los dos lo han encontrado. Bonilla Maldijo, lo acuso de tener la culpa y de no ser honesto.
—Nunca debiste robarme el manuscrito. A estas alturas ya habrá desaparecido.
—Lo siento—dijo—perdoname. Quería darte una sorpresa.
—Y bien que me la has dado—replicó Bonilla.
Alberto se limpio la sangre del rostro, y fueron juntos a visitar la editorial. Allí no quedaba nada. Un simple papel que colgaba de la puerta decía que se habían trasladado.
—Maldita sea, —gritó Bonilla.—Pueden estar en cualquier parte.
Alberto agachó la cabeza en silencio y tras despedirse, cada uno volvió a su casa.
Al cabo de unos meses la publicación de un nuevo Bessellert estaba en todos los periódicos. Bonilla había empezado otro manuscrito, pero le encantaba leer y sobre todo si eran libros con tantas ventas pues le parecían más interesantes; fue a comprarlo a una librería, la portada le pareció preciosa. Llegó a su casa, se hizo un café y se sentó en el sofá a leer el libro; nada más empezarlo comprobó qué; ¡era su manuscrito¡ no podía creerlo, para eso lo robaron y según el diario llevaba ya 2 millones vendidos.
Qué ironía, pensó, escribo el libro de mi vida y no he podido disfrutar del merecido reconocimiento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario