Palabras del día
La vieja balanza del mercado llevaba años engañando a todo el mundo, pero con tanto arte que nadie se quejaba: te quitaba medio kilo de tomates y te regalaba una sonrisa. Un día decidí investigar al vendedor, que se retiraba misteriosamente hacia un descampado donde tenía montado un tipi. Ya me pareció raro: en el pueblo no había vaqueros, pero sí gente creativa.
Me acerqué con sigilo y descubrí que el cerrojo de la entrada estaba puesto… por dentro. Tras un momento de lógica avanzada (o ausencia de ella), lo abrí y entré. Dentro no había nadie, solo una silla y un cartel que decía: “Si has llegado hasta aquí, eres oficialmente curioso de nivel experto”. No pude evitar sentirme bastante contento, aunque también ligeramente estafado por una balanza con vocación filosófica.
Al salir, un árbol enorme había aparecido de la nada, como si alguien hubiera activado el modo decoración. En el tronco había clavada una brújula que giraba sin parar, señalando todas las direcciones a la vez. Suspiré y pensé: “Perfecto, ahora además de curioso, estoy perdido con estilo”. Y lo peor… es que seguro que la balanza diría que eso pesa poco.

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