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lunes, 6 de marzo de 2017

Final de los Elegidos

Lograron llegar al final de la estancia y cuando abrieron la puerta de la sala vieron al Magno-Maestro tirado en el suelo arrastrándose, huyendo de un hombre encapuchado.

—¡¡Alto ahí!!¡¿Quien se supone que eres?!— gritó Vektam mientras sacaba la espada del saco violentamente.

El hombre se giró y cuando se quitó la capucha los ojos de Vektam no podían dar crédito a lo que veía, era Duncan, pero su rostro mostraba unas facciones muy diferentes a las que había visto en su visita a la herrería.

—Sí..., soy yo, herrero, Duncan, ¿qué te ha traído hasta aquí? ¿Vienes a traerme la espada que mi generoso padre encargó al tuyo para mi cumpleaños?—dijo el joven mientras apuntaba con una vara al anciano.

—No te mereces esta espada, ¿qué quieres del Magno-Maestro? ¿Por que llevas esa túnica oscura y esa vara?— le replicó Vektam.

—¡¡Es un hechicero oscuro!! ¡¡Debes acabar con él!!—gritó el anciano desesperado.

— ¿Un hechicero oscuro? ¿Cómo pueden existir los hechiceros oscuros? Solo son historias que los padres cuentan a sus hijos para que se duerman—dijo Minna.

—Me parece que esos cuentos parece tan reales como tú y yo... ¡Debemos defender al Magno-Maestro de este loco!—añadió Vektam poniéndose en guardia y blandiendo la espada.

—Jamás podréis derrotarme, he conseguido absorber mucha cantidad de energía de algunos humanos antes de venir aquí ¡¡Vuestro fin está a punto de llegar!!— gritó el hechicero.

Duncan agitó su vara y a murmuró unas palabras ininteligibles, al momento, el suelo comenzó a temblar y apareció una enorme criatura, parecía un toro con cara de perro, era un Gollakh, una especie de demonio que los hechiceros oscuros invocaban para cometer sus atrocidades contra la humanidad. Vektam no se sorprendió y atacó al monstruo, pero este lo golpeó y salió despedido hacia una columna de la sala quedando aturdido. Minna al ver al joven herrero en el suelo no se lo pensó dos veces y clavó su lanza en la garganta del demonio que se desplomó sin vida provocando un gran estruendo, hiriendo a la chica en el brazo con sus garras durante la caída.

—¡¡Malditos!!¡¡Habéis matado a mi demonio!! Os voy a hacer pedazos con mi hechizo más poderoso, el “Quebrantador de Almas”—gritó Duncan mientras reunía una gran cantidad de energía oscura.

Vektam se levantó un poco afectado por el golpe que le propinó el gigante demoníaco y vio a Minna tirada en el suelo sangrando. Esto lo hizo enfurecer y cogió la espada del suelo, de repente un aura rojiza comenzó a salir de la espada y esta descargó la hoja hacia Duncan, lanzando una potente ráfaga de energía, que le hizo volar por los aires atravesando la sala y estrellándolo contra los muros

    —¡¡Maldito!! ¿Qué has hecho? ¿Cómo puedes utilizar un poder de tal magnitud?— dijo Duncan entrecortando las palabras que salían de su boca.

     — ¡Has herido a una persona inocente, has invocado un mal indescriptible!,—añadió Vektam preparándose para dar el golpe de gracia a su enemigo.

En ese momento un rayo de energía azul impactó contra la muñeca del joven desarmándolo y haciendo que la espada se clavara en el suelo.

    — ¿Qué demonios?— se preguntó Vektam mientras se giraba.

    —No puedes matarlo, si acabas con su vida también tú saldrás perdiendo, tu alma se consumirá poco a poco, la energía que has usado para atacarlo antes no provenía de ti, sino de algo que no se sabes que es—dijo el anciano acercándose a Vektam.

Vektam se miró las manos, como si sintiese que el Magno-Maestro tuviese razón, algo había de diferente en él. De pronto, Duncan se incorporó y lanzó un rayo de energía hacia el anciano, pero Vektam se interpuso y recibió la descarga en el pecho.

    —Ja,ja,ja, ¡No sabes a que te enfrentas herrero! Cuando recupere mis poderes no desaprovecharé la ocasión para hacerte pedazos—gritó el hechicero mientras se alejaba poco a poco del anciano y el joven.

Entonces, Duncan desapareció. Vektam y el anciano se quedaron estupefactos, Duncan había logrado escapar. Vektam se acercó al cuerpo inerte de Minna, por primera vez se preocupaba de la recién conocida, le había causado sensación la forma en la que había atacado al demonio cuando este cayó derribado por aquel demoníaco monstruo.

    —Tranquilo muchacho, solo está herida, se recuperará pronto— dijo el Magno-Maestro mientras se sacaba un frasco del bolsillo de su túnica dorada.

Vertió el contenido en la herida que tenía Minna en el brazo y en unos segundos está comenzó a cicatrizar. Vektam  se quedó atónito, la herida se cicatrizó al instante, entonces Minna abrió los ojos.

   —Bien muchachos, como ya esperaba desde hace tiempo, por fin habéis llegado. A partir de ahora, tal y como se os ha protegido desde que eráis unos niños, seréis los ojos y oídos del tabernáculo de los arcanos que durante siglos ha protegido a los guerreros más valientes y osados. Debéis actuar en alianza utilizando vuestros poderes, mientras permanezcáis unidos, nada ni nadie podrá venceros. Mis discípulos os acompañaran a vuestros aposentos, ya que a partir de ahora vuestra vida queda encomendada a protegernos de los demonios y hechiceros. 

Vektam y Minna asintieron con un gesto afirmativo sin mediar palabra. En el fondo siempre supieron que su vida les guardaba un gran secreto. Ambos se miraron, se cogieron de la mano e iniciaron un camino sin retorno al que sería el único propósito de sus días: proteger al mundo del mal.

 © Sergí Sarda

Fin