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viernes, 20 de marzo de 2015

El interrogatorio

Grilletes de 1840


No podía posponerlo por más tiempo. Llevaba toda la noche sin dormir y estaba agotada. Suspiró y entró de nuevo en la sala de interrogatorios.
—Espero que haya recapacitado y esté dispuesto a confesar. Si coopera se ahorrará tres o cuatro años de cárcel.
El detenido guardó silencio.
— ¡Maldita sea! Le caerán de diez a quince años por asesinato—amenazó Emma, teniente de homicidios.
— ¡Cojonudo!—Dijo su abogado, que acababa de entrar en la sala—intimidación y retención ilegal, ya que no tiene ni una sola prueba contra mi defendido; va a tener que dar muchas explicaciones teniente.
—Su defendido fue detenido en la escena del crimen, abogado de pacotilla—replicó Emma a la vez que lo fulminaba con la mirada.
—¿Y eso le convierte en culpable detective?, ¿Tiene pruebas o el arma homicida? Estoy seguro de que no, o en tal caso ya estaría en el calabozo. ¿Me equivoco? Si no deja inmediatamente en libertad a mi cliente, se pasará el resto del año rellenando papeles.
Se produjo un inquieto silencio. El aire de la sala estaba cada vez más viciado, y el olor a  sudor del detenido comenzaba a ser nauseabundo. Emma se dio cuenta que al detenido le temblaban las manos y avanzó medio paso hacia él en actitud furiosa.
— ¡No saldrás tan fácilmente de está capullo!—gritó.
—Está usted amenazando a mi cliente detective, la demandaré.
El detenido miraba a Emma con expresión angustiosa, parecía acobardado. Por un segundo le pareció que iba a empezar a hablar, pero agachó la cabeza y permaneció en silencio.
—Espere un momento abogado, quizás consiga sorprenderle, empiezo a cansarme de usted y de su cliente—dijo mientras salía de la sala dando un portazo.
Al cabo de unos minutos, entró de nuevo.
—Bien abogado Fints, su cliente queda detenido por asesinato con agravante y alevosía.
— ¿De qué está hablando teniente? ¿Es otra de sus tretas?—Contestó furioso el abogado—no tiene pruebas de nada, le reitero que deje a mi cliente en libertad de inmediato.
—Tenemos un testigo que vio como asesinaba al vigilante del muelle 32 e incluso el lugar donde tiró el arma.
El abogado se quedó petrificado. Miró a su cliente con rabia. Durante unos minutos guardó silencio pensando como se lo tomaría su padre, el alcalde de la ciudad.
—Por lo visto su cliente era asiduo en los muelles, donde adquiría la cocaína, aunque esta vez quería obtenerla sin pagar— añadió la teniente.
—No hagas ninguna declaración, si no es en mi presencia– advirtió el abogado a su cliente. Detective nos veremos en los tribunales, buenas noches.
Emma ni se molestó en contestar.
El detenido pidió un poco de agua. Se la trajeron y mientras bebía la detective y el policía de la sala comentaban los horas tan duras que habían transcurrido, hasta encontrar un testigo. De pronto el detenido comenzó a echar espuma por la boca, se había tomado una píldora tóxica que ocultaba tras el ojal de uno de los botones de su camisa. Lo irónico fueron las noticias que aparecieron al día siguiente en los diarios.
“El joven hijo del alcalde de la ciudad, fallece tras un infarto, a causa de una enfermedad cardiaca”
—Políticos de mierda—gruñó Emma, tirando furiosa el periódico a la papelera.



@ Nuria de Espinosa