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martes, 2 de abril de 2013

La huida


Solo era una niña de quince años cuando huí de Kiev con mi prima Valeria. Ocultas en un tren de mercancías cruzamos la frontera. Mi padre ya estaba enterado antes de fallecer bajo el derrumbe de la mina donde trabajaba.
Llegamos a nuestro destino algo asustadas, pero con seguridad en el corazón. Aún conservo el recuerdo del día que pisé la tierra de la libertad. Era un día gris, que comparado con los largos días de nevada en Kiev, se nos hacía reconfortante. Nos dirigimos sin perder tiempo a la taberna del tío Miska, tal y como nos había indicado mi madre, con lágrimas en los ojos. <En aquel lugar podréis trabajar de camareras> Pobre ilusa.
Me pregunto a diario que habrá sido de ella, en los pocos momentos de lucidez que acuden a mi mente. ¡Y Valeria! ¡Pobre Valeria! No pudo resistirlo. Ya no me duelen los pinchazos, ni me importan las nauseas que sufro a diario cada vez que sus manos me… y ahora, dos años después me siento agotada y cansada de vivir, incluso evito mirarme en el espejo para no ver mi rostro demacrado por las drogas…
En aquel momento alguien abrió la puerta, la empujó contra la cama; la abofeteó; le estiró el brazo derecho sujetándolo con fuerza; una sensación ya nada extraña comenzó a apoderarse de ella, y de nuevo se sumergió en un mundo de tinieblas.