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miércoles, 23 de mayo de 2012

La entrometida

-¿Qué se siente? –Me preguntó, con la mirada perdida en algún punto lejano.- -¿Se puedes saber qué te pasa? ¿A qué viene esa pregunta? –contesté, algo irritado.- Se encogió de hombros, y fijó su mirada en mí. -Sólo tú puedes responderme ¿somos amigos no? - ¡Y cómo demonios quieres que te lo explique! Cada hombre lo siente de manera distinta. No se puede explicar, hay que vivirlo para sentirlo. – El tono de mi voz fue algo brusco, me estaba alterando debido a su insistencia.- -Jamás podré ser un hombre normal. Nunca sabré que se siente. Soy un monstruo. -Ya está bien.-dije, intentando calmarme-Tú caso es algo insólito no lo niego, pero te aseguro que muchas mujeres quisieran tener eso entre las piernas. - No me tomes el pelo. Esto és horrible. -Ese horror como tú le llamas de casi veinte ocho centímetros, volvería loca a más de una mujer. Dejemos ya el tema y está noche nos vamos a algún club de alterne, y sabrás lo que se siente de una vez. ¡Que tienes veintiséis años, porras! -No pienso pagar para saber lo que se siente, antes me hago cura. -Pues mal camino no llevas, no. –Dije cortando la conversación en seco y girándome hacia mi mesa de trabajo.- Creí que por fin me dejaría trabajar, cuando escuché la voz de una mujer, que provenía del pasillo de la oficina. -¿Veintiocho centímetros? ¡Santo dios! -Vociferó la mujer de la limpieza, que había escuchado la conversación.- -Si tuviera veinte años menos, te iba a enseñar cuatro cositas.-dijo entre risas- Alfredo se puso rojo avergonzado, se giró hacía su escritorio y no volvió a hablar el resto de la tarde. La mujer de la limpieza se quedó un instante observándole, se encogió de hombros y siguió con su tarea. -¡Por fin, vuelve el silencio! –Repliqué, y por fin pude continuar con mi trabajo.-