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viernes, 6 de abril de 2012

Algo debería cambiar



Miró con nostalgia hacia el final de la calle. El día había amanecido cálido y soleado. Pero la su realidad le azotó el rostro con fuerza.

La oscuridad de la noche la envolvía en su manto negro y una silenciosa llovizna comenzó a caer, obligándole a abrocharse la chaqueta. Se encogió al darle escalofrió debido a la humedad. No podía aguantar más, estaba al borde de sus fuerzas. Se tragaba su amargura recordando la dureza de su rutina diaria.

Alzó la vista sobre el edificio que ante ella se mostraba. Se estremeció al ver que había luz en el salón. Tenía que ocultar cada uno de sus sentimientos., para que él no pudiese descubrir su miedo.

No había logrado encontrar la marca de vino que a él le apetecía. Y esperaba que su enfado fuese menor, cuando viese que le había comprado un buen rioja.
Subió inquieta las escaleras que llevaban hasta el piso donde vivían. Cruzó el umbral de la puerta, dominando el miedo que le atravesaba las entrañas. El esperaba impaciente en el salón.

-Cariño no quedaba vino de la marca que querías, pero te he comprado un buen rioja,
- dijo, dominando por completo cualquier sospecha de duda o miedo-

-Maldita estúpida –gritó él, dándole un bofetón, que casi la hace caer- ¿es que ni eso eres capaz de hacer bien?

-Perdona cariño, no fue culpa mía intente…- no pudo terminar la frase, recibiendo otro bofetón que la tiró contra el sofá-

Parecía que una mole de cemento le había golpeado. Se llevo la mano al rostro sin mediar palabra, dominando las ganas de llorar. Espero durante un rato a que se le pasase, sin mover ni un solo musculo. Hasta que él se sentó de nuevo frente al televisor.

Y entonces mientras le observaba en silencio, se dio cuenta que hacía tiempo que no vivía. Que en su vida nunca hubo alegría y que jamás había recibido amor. Y justo en ese momento, su corazón terminó de partirse en dos.