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miércoles, 8 de febrero de 2012

Antinatural



Aquella casa apestaba a hierro oxidado. La desagradable sensación que me había perseguido durante toda la mañana, se abalanzó sobre mí cómo un auténtico tornado.
Puede que a mí padre le consolara describirlo como algo antinatural, pero sólo por la expresión que tenía en el rostro, había valido la pena aceptar su invitación para que desayunáramos juntos.
Intenté explicárselo, que entendiera que no tenía elección, que era algo que salía de mi interior, pero sólo pronunció dos palabras. ¡Maricón de mierda!
No pude contener mi furia…
En apenas unos minutos había dejado de respirar. Tiré de la corbata que rodeaba su cuello. Volví a ponérmela y abrí la ventana del despacho. Necesitaba respirar, parecía que el ambiente se había enrarecido. Inspiré profundamente el aire frio de la estación invernal y tras unos minutos cerré de nuevo la ventana.
Miré insensible a mi padre. Era curioso, siempre le había temido y ahora no sentía nada. Durante no sé cuánto tiempo me quedé absorto mientras le observaba. Una satisfacción que no podría describir se había apoderado de mí. Me encogí de hombros y salí de aquella odiosa casa, que un día fue mi hogar.
-Hasta nunca, grandísimo hijo de perra,-le grité, mientras cerraba la puerta dando un sonoro portazo-.